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Los niños dentro del adulto

En muchos espacios laborales y sociales no reaccionan los adultos, sino los niños que aún viven dentro de ellos. No el niño creativo o curioso, sino aquel que alguna vez se sintió invalidado, desplazado o poco visto. Ese niño herido suele reaparecer cuando alguien nuevo llega, especialmente si ese alguien representa lo que creemos haber perdido: juventud, reconocimiento o poder.

En algunos hombres, esta herida se mezcla con una educación machista que enseñó que el valor personal está ligado a la autoridad, al control y al rol de “ser el que sabe más”.

Cuando una mujer llega a un espacio laboral con preparación, seguridad o nuevas ideas, el ego frágil no lo interpreta como una oportunidad de crecimiento colectivo, sino como una amenaza personal. Y si además es más joven, el golpe es doble: no sólo se siente desplazado, sino también pasado de moda.

El miedo no es realmente a perder el trabajo, sino a perder identidad. Aparece la sensación de no ser suficiente, de ya no tener el mismo peso, de quedar al margen. Entonces surgen actitudes defensivas, resistencia al cambio, comentarios descalificadores o silencios incómodos. Todo eso no nace de la fortaleza, sino del miedo.
Pensemos en un equipo donde llega una persona nueva. Algunos asumen que viene a “quitarles el puesto”, cuando en realidad trae energía fresca, nuevas perspectivas y posibilidades de mejorar procesos. Un equipo sano entiende que nadie brilla apagando a otros, sino multiplicando la luz.

Crecer como adulto implica reconocer al niño herido, escucharlo y no dejar que dirija nuestras decisiones. La verdadera autoridad no se impone; se gana desde la colaboración, la humildad y la capacidad de evolucionar.

Cuando dejamos de competir desde el miedo, el trabajo deja de ser una amenaza y se convierte en un espacio donde todos pueden crecer.

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