Los halcones enfilan sus cañones

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Si algo saben hacer los tecnócratas que manejan la política internacional y “defender los intereses” de los Estados Unidos en Washington es manejar la “percepción” colectiva y crear los escenarios favorables para sus tropelías.

Construyen sus muñecos de una forma impecable, crean “positivos”, excelentes pretextos y manejan a su antojo la opinión pública. Comienzan el trabajo con tiempo y han de intervenir minuciosamente en cada variable para que la operación resulte perfecta.

Lo han hecho magistralmente, al menos por el último siglo, y la gran mayoría del planeta ha creído en sus versiones. ¡Ay de aquellos que se dejan llevar de las primeras apariencias y de los medios de comunicación masiva!

El buque Maine, Perl Harbour, Hiroshima y Nagasaki, el Macartismo, la Guerra Nuclear, y más recientemente el 11 de septiembre, los falsos ataques de ántrax y las armas de destrucción masiva, son sólo algunas muestras de hechos prefabricados, que sirvieron a los halcones para justificar sus andanzas por el mundo; chivos expiatorios, enemigos creados en laboratorios, sucesos que nunca ocurrieron pero que la historia registra, les sirven para engañar, en primer lugar a su propia población, y en segundo lugar, al mundo.

Bien analiza Noam Chomsky una dimensión importante de este fenómeno en su elocuente ensayo sobre el manejo de los medios de comunicación en los Estados Unidos.

Esta, sin embargo, no es una política discontinua de fenómenos aislados, si no, un exitosa, importante y bien elaborada dimensión en las relaciones exteriores, que le ha dado grandes resultados en la configuración de su área de influencia, en la creación de un poderoso imperio, que ni siquiera se asume como tal.

Muchos sectores, personas e instituciones sirven de interlocutores y hacen el juego a esta política; se convierten en sus instrumentos, muchas veces ciegos, porque el trabajo es precisamente encubrir sus verdaderas intenciones y crear una percepción de que se defienden valores, principios o intereses sociales.

Libertad, democracia, transparencia, derechos humanos, libertades individuales, desarrollo económico, han sido manoseados de tal forma que ya queda poco de ellos, más allá de palabras huecas, cualquierizadas para ocultar injusticias y crímenes.

En la actualidad, una nueva ofensiva dentro de la estrategia se estructura de cara a debilitar y afectar el luminoso Bloque de Poder que se ha configurado en el continente con el triunfo de numerosos gobiernos populares y desarrollistas.

No podemos negar que la configuración política de América Latina ha cambiado diametralmente ante los ojos de una clase política norteamericana acostumbrada a otra cosa. La nueva correlación de fuerzas en América latina, por primera vez en su historia, genera posiciones independientes al poder estadounidense, lo que inmediatamente se enfrenta a sus intereses monopolistas y neocolonialistas en un continente que siempre han considerado su patio trasero.

La fisura en el poder de Washington sobre la región ha sido tan fuerte que ha tocado a Centroamérica, su zona de acostumbrada mayor influencia.

La mencionada estrategia de agresión que hace tiempo viene operando para detener el avance de las fuerzas populares, parece haber tenido un movimiento importante en el derrocamiento, el pasado 28 de junio, del presidente hondureño Manuel Zelaya, que si bien no ha parecido contar con un patrocinio abierto y público por parte del gobierno de Washington, al menos ha contado con una no objeción por parte de segmentos del poder fáctico estadounidense y una posible colaboración de sus organismos de inteligencia.

Es ampliamente difundido y de conocimiento público el hecho de que los presidentes en Estados Unidos carecen de control total sobre el aparato militar y de las estructuras de sustento del poder imperialista que operan con cierta autonomía.

Aunque Obama no ha reconocido el Golpe de Estado, la falta de asunción de una posición más fuerte y concreta, que trascienda la retórica, ofrece oxigeno vital al régimen golpista, al tiempo que le permite realizar esfuerzos (esperamos en vano) para consolidarse.

Por razones económicas y políticas, Estados Unidos es el país que más puede influir sobre Honduras, sobretodo, entre la oligarquía golpista, cuyos intereses están atados plenamente a la economía norteamericana, pero no parece interesado en hacerlo, y todos sabemos los porqués.

Todo parece indicar que, el Golpe de Estado, forma parte entonces de una estrategia hacia la nueva América latina que no debió haber variado en el fondo, aunque si presumiblemente en la forma con el cambio de administración demócrata.

El Golpe contra Zelaya tiene la impronta de los Golpes militares, no sólo de los de tradición histórica en las repúblicas bananeras y posteriormente en el Cono Sur, si no, también de los de nuevo cuño, implementados con éxito en Haití, Venezuela y sin éxito en Bolivia.

Puede ser la punta de lanza de una cadena de acciones dirigidas a contener la influencia del bloque de poder alternativo que se consolidó el año pasado con el triunfo de Funes y de Lugo.

No de casualidad vienen a sumarse acciones políticas serias contra Venezuela y Ecuador en el intento de reutilizar a Colombia como pivote para agredir a estos gobiernos vecinos con el increíble supercomputador de Raúl Reyes, el video del Mono Jojoy y los supuestos lanzacohetes suizos vendidos Venezuela. Estas acciones tienen el objetivo de desviar la atención que todos debemos poner sobre honduras y el restablecimiento más temprano que tarde de la constitucionalidad, pero sobretodo del camino independiente y popular de su gobierno.

Tendremos que esperar, dentro de esta ofensiva, nuevos artificios en contra posiblemente de Daniel Ortega, Evo Morales o Fernando Lugo. Por eso, para lograr preservar la salud del proceso continental, y enfrentar la ofensiva en su génesis, se hace imprescindible triunfar en la batalla de honduras, que representa un eslabón importante para defendernos todos.

EL movimiento latinoamericanista debe asumir el proceso hondureño más allá de las fronteras del hermano país y situarlo en el tablero continental; asumirlo militantemente como una causa nacional que supera con creces el plano de la constitucionalidad, y que se relaciona directamente con el proyecto de país, sociedad y con los intereses que defendemos.

La batalla de Tegucigalpa es la batalla de todos/as.