Los gentilicios que cuentan una historia
*Por Amerfi Cáceres
La lengua es un espejo de los pueblos. A través de las palabras, puede leerse no sólo cómo hablamos, sino también quiénes somos, cómo vivimos y cuáles son nuestras relaciones históricas. Por eso, cada nuevo aporte al patrimonio lingüístico nacional merece atención, estudio y reflexión.
El recién publicado Diccionario de gentilicios dominicanos, del escritor Rafael Peralta Romero, es una obra que va más allá de enumerar voces. Contiene, sin proponérselo, una radiografía social que revela una realidad innegable: la profunda, compleja y persistente presencia haitiana en la vida dominicana.
No se trata de política. No se trata de propaganda. Se trata de lengua. Y la lengua nunca miente.

Narrativa de convivencias
Entre las entradas del diccionario aparecen, de manera natural, gentilicios que describen vínculos familiares, geográficos y culturales entre dominicanos y haitianos. Uno de ellos es arrayano, definido como el hijo de padre haitiano y madre dominicana. Otra palabra cercana es cruzado, voz que describe el origen inverso: padre dominicano y madre haitiana.
Ambos términos existen desde hace décadas y nacen de la realidad fronteriza, de las interacciones humanas que ocurren ahí donde dos pueblos comparten tierra, comercio, afectos y también dolores.
Más adelante aparece el gentilicio domínico-haitiano, que nombra a quienes nacen o se crían en República Dominicana siendo de origen haitiano. Una palabra que intenta capturar la mezcla de dos identidades que conviven en un mismo espacio, sean personas, situaciones o expresiones culturales. Son vocablos que hablan por sí solos.
Registro de lo obvio
La obra incluye, dentro de los gentilicios dominicanos, la voz haitiano, na, como si la cotidianidad hubiese roto cualquier frontera simbólica. No deja de ser revelador que, entre hainero y hatero, aparezca el gentilicio del país vecino, acompañado por datos demográficos que confirman lo que ya sabemos: la presencia haitiana es amplia, constante y de larga data.
Según estimaciones publicadas en medios nacionales y estudios oficiales, la gran mayoría de los inmigrantes en República Dominicana son de origen haitiano. Esa realidad, reflejada en un diccionario, demuestra que la lengua es muchas veces más honesta que las discusiones públicas.
Las palabras que duelen
El diccionario también recoge voces coloquiales como mañé, un término despectivo utilizado históricamente para referirse a los haitianos. Su registro no normaliza el insulto, pero sí lo documenta. Porque un diccionario no sólo recoge lo que queremos ser, sino también lo que hemos sido, con nuestras luces y sombras. Así como existen palabras que unen, también existen palabras que hieren. Y ambas forman parte de nuestra historia.
Rayano: entre dos mundos
Una de las voces más simbólicas es rayano, que nombra a las personas que viven en la línea fronteriza, así como a los descendientes de haitianos nacidos en territorio dominicano. Un término que encierra siglos de intercambio humano, comercial y cultural. Ser rayano es vivir entre dos mundos, entender dos lógicas, cargar dos identidades. Esa palabra trae consigo historias complejas, a veces dolorosas, a veces hermosas, pero siempre profundamente humanas.
El idioma como ciudadela moral
Este diccionario no señala culpables ni dicta juicios; simplemente muestra cómo la lengua ha tenido que adaptarse a una realidad que venimos viviendo desde antes de la propia República Dominicana. Y es responsabilidad nuestra leerlo no sólo como un catálogo de voces, sino como un recordatorio de lo que somos y de lo que aún debemos enfrentar.
La presencia haitiana en el país no es una teoría ni un discurso: es una realidad social que forma parte de nuestra vida diaria. Está en la frontera, en los barrios, en los campos, en los mercados… y también en las palabras. Las palabras nunca aparecen solas. Aparecen cuando la sociedad las necesita.
Una invitación a reflexionar
Más que un diccionario, esta obra es un llamado silencioso a entendernos, a reconocer los procesos históricos que nos han marcado y a asumir, con madurez, que los pueblos que comparten una isla inevitablemente comparten también parte de su destino.
La lengua es testigo. La lengua es memoria. La lengua es advertencia.
Ojalá este diccionario, lejos de encender pasiones, nos ayude a abrir los ojos sobre una convivencia que tiene siglos, que requiere orden, claridad y legalidad, pero también humanidad, responsabilidad y verdad. Porque, al final, como siempre digo, el verdadero tesoro está en los valores que compartimos.
Sobre el autor
Rafael Peralta Romero. Nació en Miches, República Dominicana. Estudió Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Es poeta, cuentista, novelista e investigador. Ha ejercido la profesión de periodista durante más de tres décadas. Durante 27 años fue profesor de las escuelas de Letras y de Comunicación Social de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Tiene catorce libros publicados: seis son novelas y siete son de cuentos. También ha dado a conocer obras poéticas y una investigación sobre reforma constitucional. Es miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua y académico correspondiente de la Real Academia Española.
