A los quince años, ¿qué se espera de un joven escolarizado? Que esté, sin duda, en los tramos finales de la educación preuniversitaria. Esta es, además, una edad media entre el inicio y el final de la adolescencia, así que se le puede suponer una cierta estabilidad anímica.
Es la edad que tienen los estudiantes a los cuales son aplicadas las pruebas PISA, que ahora han vuelto a estar en el centro del interés de personas e instituciones debido a unos resultados que lo por visto han causado insatisfacción.
¿Por qué? Tal vez por las altas cifras presupuestarias aplicadas al sector educativo a partir del año 2013, cuando pasó a ser orientado a la educación pública una cifra que si no es el 4 % del PIB, se le acerca.
Trece años después todavía la opinión pública sigue esperando unos mejores resultados en cualquier prueba de calidad, pero por lo visto se resiste a aceptar que, en el caso específico de esta prueba internacional, y posiblemente de cualquier otra, los resultados no pueden ser vinculados con la cantidad de dinero destinado de año en año a Educación.
El dinero, sin embargo, puede hacer la diferencia con tal de que se le invierta en generar cambios específicos en el sistema educativo, y que el magisterio sea sometido a un proceso de evaluación y capacitación con la finalidad de hacerlo consciente de los desafíos de la época, no de premiarlo con incentivos económicos o castigarlo sin ellos.
Si cada tres años estas pruebas en matemáticas, ciencias naturales y lectura siguen dando el mismo resultado, están diciendo que si queremos mantenernos en el mismo lugar, o no nos importa descender algunos peldaños, podemos seguir haciendo lo que hasta ahora en el sector educativo, pero que si aspiramos a mejorar hay que hacerlo de otra manera.
Nuestros estudiantes de 15 años no son deficientes en nada en relación con los de otros países. Son, en realidad, lo que el sistema puede hacer de ellos.