Lo que debemos hacer
La temporada ciclónica inicia hoy de manera oficial en el hemisferio norte, un hecho que debe mantener a todos en guardia en los próximos seis meses, por lo menos, ante los riesgos que representa para países tropicales.
El hecho de que las previsiones de meteorólogos atribuyan a la de este año una baja actividad no quiere decir que no habrá tormentas, con su demostrado potencial para trastornar la vida cotidiana en campos y ciudades.
Si los efectos de una vaguada pueden llegar a ser devastadores para una comunidad y muy comprometedores para los responsables de las operaciones de emergencia, como ocurrió entre la última semana de abril y la primera de mayo pasados, puede resultar fácil de comprender que “baja actividad” de una temporada ciclónica no significa ausencia de riesgos.
Las aguas de la tormenta Noel, que tocó el país en los últimos días de octubre de 2007, fueron causa de unas 90 muertes y una extendida destrucción a pesar de que a su paso no estuvieron acompañadas de vientos huracanados.
En la segunda semana de diciembre de aquel año, cuando ya había pasado la temporada ciclónica, tuvimos la tormenta Olga, a la que entonces se le atribuyeron 14 muertes y decenas de miles de damnificados.
¿Qué tuvieron en común aquellas dos tormentas, una ocurrida en la temporada ciclónica y la otra cuando ya había concluido? La escasa prevención de una población que no acaba de integrar estos fenómenos de la naturaleza a las posibles contingencias de cualquier año en su vida.
Los efectos de anticiclones en días recientes en el Atlántico, al norte del país, con su tendencia a mantener el ambiente despejado y libre de tormentas, puede llegar a ser un pronóstico tan eficiente como las previsiones de los meteorólogos en relación con la formación de huracanes en un lapso de seis meses.
Vale más, pues, ser previsores ante el período en el que nos adentramos.
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