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Límites sanos

Poner límites a otras personas no es un acto egoísta, es un gesto de amor propio. Durante mucho tiempo hemos aprendido a complacer, a estar disponibles, a decir “sí” incluso cuando por dentro gritamos “no”. Confundimos amabilidad con sacrificio permanente y empatía con olvido de nosotros mismos.

Ser amables y empáticos es algo bueno, pero hacerlo sin marcar límites claros no nos convierte en mejores personas, nos vuelve personas agotadas.

Saber poner límites es aprender a escucharte. Es reconocer cuándo una conversación cruza una línea, cuándo una exigencia invade, cuándo una relación empieza a restar más de lo que suma. No se trata de levantar muros, sino de trazar fronteras claras que te protejan, que te den tranquilidad, que te traigan paz y… hacerlo sin sentir culpa.

Decir “hasta aquí” no te convierte en mala persona, todo lo contrario, quien se respeta transmite a los demás cómo tratarle. Los límites incluso son pedagógicos porque explican, sin gritos ni reproches, qué es aceptable y qué no lo es. Son una forma adulta de vincularse, porque evitan resentimientos silenciosos y relaciones desequilibradas.

Poner límites también implica aceptar los cambios. No todos aplaudirán cuando empieces a priorizarte. Algunas personas se molestarán, otras se irán. Y está bien. Los límites funcionan como un filtro que dejan pasar a quienes saben respetar y alejan a quienes sólo estaban cómodos con tu ausencia de límites.

En este mundo que promueve la disponibilidad constante, poner límites es casi un acto de rebeldía. Significa elegirte sin culpa, cuidar tu energía, proteger tu tiempo y tu salud emocional. Significa entender que no tienes que explicarte en exceso para justificar tu bienestar.

Al final, los límites no separan, ordenan. Y cuando el orden llega, también llega la calma. Porque vivir con límites claros no te hace menos generoso; te hace más libre.

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