La ausencia de personas, particularmente niños y adolescentes, alimenta de manera periódica la leyenda del rapto para extirpación de órganos que a continuación son utilizados en trasplantes o comercializados.
En ocasiones estos relatos han provocado reacciones frenéticas en barrios populosos de las grandes ciudades y poblaciones pequeñas.
Hace algún tiempo a este tipo de leyendas —las denominadas urbanas— se las definía por la transmisión de relatos, a veces aterradores, de hechos de los que sus propagadores daban testimonio como si los hubieran presenciado.
Ahora a esta característica hay que agregar los efectos multiplicadores de las nuevas tecnologías de la comunicación, manipuladas para hacer presentes ante los ojos de miles de personas y en poco tiempo, imágenes fijas o en movimiento y voces conocidas o desconocidas, falsedades que pueden ser tomadas por incautos como hechos probados.
Una persona puede pasar a estar ausente de su entorno íntimo por muchas razones, una de ellas, el descuido de quien tiene la guarda si se trata de niños; otra, por rabietas de adolescentes con los que no ha sido desarrollada una forma efectiva de comunicación de reglas o negociación de necesidades, y en el caso de adultos mayores con dificultades cognitivas, por descuido o imprevisión de quienes deben tener la guarda.
El algunos casos, como ocurrió con una adolescente la semana pasada en una ciudad de la región Este, la restitución del ausente al seno de su hogar se produce con relativa rapidez. En otros, como es el caso de los pequeños Brianna y Roldany, esto no ha sido posible.
El aprovechamiento de órganos donados es un proceso que puede durar años por lo meticuloso y exigente de ambas partes. Ni siquiera en grandes hospitales es posible hacerlo de manera efectiva y provechosa con una persona raptada.
El robo y el abuso de niños existen, claro; el tráfico de órganos, en cambio, es una leyenda urbana y de la Internet.