Santo Domingo.-El presidente Leonel Fernández entregó ayer a Rafael Molina Morillo el premio Nacional del Periodismo del presente año, en reconocimiento a sus 62 años de ejercicio profesional, en defensa de la libertad de expresión y la democracia del país.
En un acto realizado en el Salón de Embajadores del Palacio Nacional el comunicador recibió el diploma que lo acredita como ganador del premio y la suma de RD$650 mil.
En la actividad participaron destacados comunicadores y periodistas de los diferentes medios de comunicación del país, así como escritores, empresarios y funcionarios.
Un icono del periodismo
Al hablar en el acto, el ministro de Educación, Melanio Paredes, definió a Molina Morillo como un icono del periodismo dominicano, el cual con su ejercicio profesional desde diferentes funciones ha contribuido al fortalecimiento de las instituciones y de la democracia.
Resaltó, además, los valores éticos y la labor periodística del director del periódico EL DÍA, de quien dijo que con su ejercicio ha sembrado para toda la vida y ha señalado pautas como pionero.
Halagos y solemnidad
El acto estuvo caracterizado por los halagos a Molina Morillo y por un ambiente de gran solemnidad y camaradería.
Además del Presidente, Paredes y la primera dama Margarita Cedeño de Fernández, estuvieron presentes el ministro de la Presidencia, César Pina Toribio, y el director de Prensa, Rafael Núñez. Además, el director del periódico El Nuevo Diario, Persio Maldonado; el subdirector de EL DÍA, José Monegro; Ruddy González, Quiterio Cedeño, los empresarios Manuel y José Alfredo Corripio y Lipe Collado, entre otros.
Libertad de expresión
Tras la entrega del premio, el presidente Fernández garantizó la libertad de expresión a través de la reforma a la Ley 61-32 sobre Expresión y Difusión del Pensamiento, que va a producir la Ley del Audiovisual sobre Radio y Televisión, la creación del Consejo de Audiovisual y la de Publicidad.
Destacó que Molina Morillo encabeza la comisión que se encarga de esa reforma e informó que los proyectos serán sometidos el año próximo al Congreso, y manifestó sus deseos de que antes de eso los mismos sean ampliamente debatidos por los mismos periodistas, a fin de incluir sus reparos y observaciones.
Discurso del doctor Rafael Molina Morillo
Permítaseme, primero que todo, agradecer a los señores miembros del jurado el honor de haberme escogido este año como merecedor del Premio Nacional de Periodismo, distinción que nos llena de júbilo y orgullo a mí y a mi familia, pero que al mismo tiempo conlleva una gran responsabilidad para quien la recibe.
El ejercicio del periodismo, al que llevo dedicados 62 años de mi vida, va parejo, cuando se toma en serio, con un compromiso equivalente a un sacerdocio o un matrimonio sin divorcio con la libertad, para que todos podamos expresarnos libremente en busca de la verdad.
El hecho de que el Estado dominicano, a través de estos premios, estimule la libertad de expresión, enaltece a los gobiernos que año tras año mantienen su auspicio, y en este punto hay que reconocer, sin regateos, que la administración del presidente Fernández ha sido consecuente en el respeto de ese derecho fundamental, sin el cual sería imposible defender y mantener vigentes los demás derechos humanos.
El papel de la prensa es, ciertamente, vital para la promoción y la vigencia de las libertades fundamentales. Por eso, no basta con disfrutar el hecho de que, hoy por hoy, gozamos de una plena libertad de expresión en la República Dominicana, sino que tenemos la obligación de estar siempre en actitud vigilante, como un perro guardián cuya misión es evitar la caída intencional o no- de ese sagrado derecho, sea cual fuere el pretexto utilizado para ello por parte de cualquier gobierno de turno o de uno que otro poder fáctico de esos para los cuales la intolerancia es su bandera y su escudo.
Cabe decir que ejercer diariamente, hora tras hora y minuto tras minuto, la libertad de expresión, constituye una verdadera lucha por el fortalecimiento institucional del sistema democrático, en la cual el papel de la prensa ha sido en nuestro caso un elemento sine qua non para alcanzar muchas de las conquistas institucionales que hoy podemos exhibir ante el mundo.
Quiero transcribir en este punto lo que ha dicho la Corte Interamericana sobre el carácter esencial de los derechos fundamentales, lo cual es aplicable a la libertad de expresión: De ninguna manera cito- podrían invocarse el orden público o el bien común como medios para suprimir un derecho o para desnaturalizarlo o privarlo de contenido real
Este criterio, clásico, mantiene una vigencia innegable en estos tiempos. He querido invocarlo porque me parece que refleja la dinámica entre los derechos individuales y los derechos colectivos, lo que en mi criterio profundiza los límites que se trazan entre la libertad de expresión y el correlativo derecho de la persona a ser informada, sin injerencias en su privacidad, en su honra o reputación.
La premisa con la que pienso que debe resolverse esta problemática es que es el bien común el que exige la mayor cantidad y variedad de información y es el pleno ejercicio del derecho a la expresión lo que la favorece.
Es que la libertad de prensa, en cualquiera de sus manifestaciones, cumple un papel insustituible cuando, manejada con responsabilidad y profesionalismo, se convierte en el principal de los elementos generadores de opinión pública.
De ahí que la libertad de prensa tenga como una aspiración, inherente a su naturaleza, la independencia; es decir, una prensa no comprometida con ninguna corriente ideológica o de cualquier otro tipo, una prensa libre de ataduras. Y esa independencia la compromete en la búsqueda de la verdad.
Otro elemento a considerar y que para mí reviste la mayor importancia, sería la conducta ética en la forma en que se obtiene y se ofrece la información, lo que nos conduce entonces a preocuparnos también por el contrapeso de la libertad de expresión; es decir, si estamos frente a una libertad absoluta o si hay límites a ella.
La conclusión, a mi modo de ver, es clara: el ejercicio del derecho a la libre expresión no puede estar sujeto a censura previa, sino a responsabilidades ulteriores fijadas por la ley.
Desde que ingresé a El Caribe como reportero novato en abril de 1948 estoy oyendo, aprendiendo y practicando estos principios. De entonces para acá ha llovido mucho. Estoy seguro de que muchas de las personas hoy congregadas aquí no habían nacido, o contaban con muy tiernas edades.
A todos puedo decirles que a partir de aquellos años he pasado por las diferentes secciones de un periódico menos las de deportes ni sociales-, y he desempeñado distintas jerarquías.
He ejercido la dirección de cuatro diarios y una revista, y he renunciado a dos de ellas por razones éticas.
He incursionado, además de la prensa escrita, en el periodismo radial y en el televisivo. Y me ha tocado informar a la gente tanto bajo la dictadura como en medio de una guerra civil, así como ahora bajo el sistema democrático.
Hoy puedo decir, sin ruborizarme, que bajo ninguna de las circunstancias que acabo de enunciar, bajo absolutamente ninguna, me he apartado de mis convicciones éticas ni de lo que todavía hoy, y para siempre, considero las mejores prácticas profesionales posibles.
Por eso, recibo sin rubor y sin falsa modestia el preciado galardón que hoy se me otorga, asegurándole al Jurado que tomó la decisión de distinguirme con el mismo que no lo defraudaré.
A usted, señor Presidente, gracias por ser un respetuoso ciudadano de la libertad de prensa, el más importante de todos los derechos después del derecho a la vida.