Leer no es solo entender palabras: es entendernos como sociedad

En la lectura en voz alta, el cerebro no solo activa áreas del lenguaje, sino también regiones vinculadas al movimiento y sonido, mientras que la lectura mental depende de una activación más amplia y consistente de múltiples regiones, según los hallazgos de expertos del Instituto Max Planck (Imagen Ilustrativa Infobae)
(Imagen Ilustrativa Infobae)

Por: Isabel López

Como editora, periodista y gestora cultural, he recorrido durante años los caminos de la lectura desde sus múltiples dimensiones: la periodística, la emocional, la pedagógica, la institucional y la familiar. Hoy, más que nunca, hablar de comprensión lectora es hablar de una urgencia educativa, de una herramienta de transformación social y de una frontera que separa la inclusión del rezago. El proceso lector no es solo decodificar símbolos, sino comprender el mundo, nombrarlo y transformarlo. Por eso, cuando abordamos planes de fluidez y comprensión lectora, debemos hacerlo desde una mirada integral que contemple tanto las dificultades de aprendizaje como las estrategias para superarlas.

Las condiciones como la dislexia, el TDAH, el TEA o la discalculia no son obstáculos insalvables, sino puntos de partida para diseñar intervenciones más humanas, más precisas y más inclusivas. La neurodiversidad nos obliga a repensar el lenguaje como un derecho y no como una barrera. En ese sentido, las teorías de Skinner, Chomsky, Piaget, Vygotsky y Bruner no son solo referencias académicas, sino herramientas vivas para entender cómo se construye el lenguaje en cada niño, en cada contexto. La literatura infantil, la atención temprana y el entorno familiar son aliados fundamentales en este proceso. No podemos hablar de comprensión lectora sin hablar de vínculos, de afectos, de rutinas compartidas.

La competencia lectora, entendida como la capacidad de leer con fluidez, velocidad, prosodia y comprensión, se ve afectada por múltiples factores: desde el ambiente familiar hasta la sobreexposición digital. Evaluar esa competencia no debe ser un ejercicio punitivo, sino una oportunidad para detectar, acompañar y fortalecer. Las rúbricas, los registros de lectura y los análisis de errores son herramientas valiosas si se usan con sensibilidad y propósito. Pero más allá de la medición, lo que necesitamos son planes lectores que integren dimensiones pedagógicas, emocionales y culturales, que propongan actividades significativas y que reconozcan la diversidad de trayectorias lectoras.

En el contexto actual, la lectura ha dejado de ser lineal para convertirse en fragmentada, hipertextual y multimodal. Como plantea Laura Borràs, los nuevos lectores navegan, interactúan y co-crean. Pero esa transformación también trae riesgos: la inmediatez, la simplificación, la pobreza léxica. Los jóvenes no hablan peor, hablan distinto. Son capaces de cambiar de registro según el entorno, pero muchas veces no logran adaptarse a contextos formales porque no han sido entrenados para ello. El lenguaje se ha vuelto híbrido, y eso exige que enseñemos a nuestros estudiantes a ser multilingües en su propio idioma: dominar tanto el código digital como el académico.

La comprensión lectora en América Latina y el Caribe atraviesa una crisis silenciosa. Más del 50 % de los estudiantes no alcanza niveles básicos, y el rezago se agrava en contextos de pobreza. Países como República Dominicana, Honduras o Guatemala enfrentan desafíos estructurales que van desde la escasez de materiales hasta la formación docente. Desde el Grupo Editorial Loro SRL, hemos impulsado el Foro de la Comprensión Lectora como espacio de reflexión y acción, convencidos de que leer no es solo una habilidad escolar, sino una herramienta para la ciudadanía, la autonomía y la justicia.

El lenguaje no debe presentarse como una regla, sino como un recurso. Ampliar el vocabulario es como obtener un “power-up”: permite desbloquear niveles de realidad, defender ideas, expresar emociones. Leer por placer, jugar con sinónimos, analizar letras de canciones y reescribirlas con riqueza léxica son ejercicios que pueden acercar generaciones y fortalecer el músculo del pensamiento. La línea entre evolución y deterioro está en la capacidad de matizar. Si el lenguaje no permite expresar ideas complejas, entonces sí estamos perdiendo algo esencial.

No se trata de resistir el cambio, sino de acompañarlo con inteligencia pedagógica. La tecnología no empobrece el lenguaje por sí sola, pero sí exige una respuesta educativa más audaz. Enseñar a leer, a comprender, a argumentar, es enseñar a pensar. Y en ese desafío, todos —docentes, familias, editores, gestores culturales— tenemos un rol que cumplir. Porque leer no es solo entender palabras: es entendernos como sociedad.

La autora Isabel López es editora y gerente general del Grupo Editorial Loro SRL periodista y gestora cultural con titulación en Entornos virtuales de aprendizaje y certificado postgrado en intervención para la mejora de la Comprensión Lectora