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Las sanciones como arma de dominación global

Las sanciones económicas y financieras, así como las amenazas coercitivas contra países como Cuba, Venezuela, Colombia, México, Panamá, Canadá, Irán, Nicaragua y Rusia, se han convertido en uno de los instrumentos predilectos de la política exterior de los Estados Unidos. Bajo el discurso de la “defensa de la democracia” y los “derechos humanos”, Washington ha institucionalizado una estrategia de presión que, en la práctica, funciona como un mecanismo de castigo colectivo contra Estados que deciden ejercer su soberanía y su autodeterminación.

Sin embargo, no todos los casos son iguales. Rusia representa una excepción significativa dentro de esta lógica sancionatoria. Su condición de potencia militar y nuclear, sumada a su capacidad de articulación geopolítica con China y los países del bloque BRICS, ha reducido considerablemente la eficacia del cerco económico impulsado por Estados Unidos y la Unión Europea. Algo similar ocurre con Groenlandia, cuyo valor estratégico para la OTAN y la seguridad europea limita cualquier intento de coerción directa, evidenciando que el derecho internacional se aplica de forma selectiva según los intereses geopolíticos en juego.

A pesar de la exclusión parcial del Kremlin del sistema financiero internacional SWIFT, Rusia ha logrado sortear las sanciones mediante mecanismos alternativos de pago, acuerdos bilaterales en monedas locales y una acelerada política de desdolarización junto a China y otras economías emergentes. Este proceso no solo debilita la hegemonía financiera occidental, sino que expone las fisuras de un sistema internacional cada vez menos unipolar.

Las consecuencias de las sanciones económicas y financieras son, ante todo, sociales. Estas medidas contraen el aparato productivo de los Estados afectados y generan desabastecimiento de bienes esenciales, especialmente alimentos e insumos médicos. Lejos de debilitar a las élites gobernantes, las sanciones castigan de manera directa a las poblaciones civiles, profundizando la pobreza, la desigualdad y la inestabilidad social. Se trata de una forma de violencia estructural que no necesita ejércitos en el terreno para producir sufrimiento humano.

Estados Unidos ha hecho de la asfixia económica una política sistemática frente a aquellos países que se resisten a alinearse con sus intereses estratégicos. Los acontecimientos del 3 de enero del presente año se inscriben en esta lógica de presión permanente, donde la coerción económica se complementa con amenazas políticas y militares, reforzando un clima de intimidación global.

Desde el punto de vista jurídico, las sanciones unilaterales impuestas por Estados Unidos violan abiertamente la Carta de las Naciones Unidas y los principios fundamentales del derecho internacional, en particular la igualdad soberana de los Estados y la prohibición de la injerencia en los asuntos internos. Diversas resoluciones internacionales han condenado estas prácticas de cerco económico, al considerarlas incompatibles con el derecho internacional y con los derechos humanos.

En el contexto actual, las sanciones dejan de ser un instrumento legítimo de política exterior para convertirse en una herramienta de dominación global. Su uso indiscriminado no solo erosiona el orden jurídico internacional, sino que profundiza la crisis del multilateralismo y revela el carácter profundamente desigual del sistema internacional contemporáneo.

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El autor es politólogo, egresado de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Recinto San Francisco. Analista internacional y ensayista de temas locales, nacionales e internacionales.

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