Las normas están por todas partes en las comunidades humanas y entre las explicaciones del éxito de unas y el rezago de otras en el curso de las denominadas “civilizaciones”, están la libertad, la creatividad y el ajuste de la vida a las reglas.
Cuando una comunidad viola las normas —leyes o reglas— los efectos de esta actitud pueden ser visibles para todos al principio, pero poco a poco se van volviendo invisibles por la misma razón que vivir entre árboles dificulta la apreciación del bosque.
A quienes observan desde fuera, en cambio, siempre les será perfectamente visible la indisposición de una comunidad para darse reglas apropiadas y vivirlas.
Hubo una vez en que el término “anomia” era parte de la jerga sociológica, particularmente desde que fuera introducida por uno de los clásicos de esta disciplina, pero con el tiempo es posible encontrársela en muchas otras que le atribuyen a veces el sentido de anormalidad.
En sus orígenes estaba referida a comunidades incapacitadas para vivir conforme con las leyes, las normas o las reglas establecidas para facilitar la convivencia y evitar que cada cual estableciera las suyas.
Una muestra de estas particularidades la encontramos en el tránsito de vehículos de motor entre nosotros.
Por lo visto lo único que le permite al conductor de un vehículo salir ileso entre nosotros, o con un aparente buen estado de salud cardíaca y mental, es ser interactivo al volante. Ninguna regla, contenida en ley, reglamentos y manuales es suficiente para tener éxito en la aventura cotidiana o esporádica en esta selva de cemento.
Ahora vemos que a la inmensa cantidad de procedimientos intentados por las autoridades de tránsito para llevar a los conductores de vehículos al orden estudian agregarle la aplicación de multas dejadas en el parabrisas de vehículos “mal estacionados”.
Todavía no sabemos cómo serán cobradas estas multas.