El ataque contra cuatro militares salvadoreños integrantes de la fuerza internacional desplegada en Haití, cuyo paradero continúa sin esclarecerse según las informaciones disponibles, representa mucho más que un incidente de seguridad.
Es una demostración de la capacidad de las bandas armadas para desafiar abiertamente a la comunidad internacional.
Estas organizaciones criminales han alcanzado un nivel de control territorial y capacidad operativa que les permite enfrentar incluso a las fuerzas extranjeras enviadas para contribuir al restablecimiento del orden.
Lo ocurrido con los militares salvadoreños es un desafío directo a la autoridad internacional y una advertencia a la ONU sobre las consecuencias de continuar respondiendo con recursos insuficientes a una crisis de dimensiones extraordinarias.
Haití necesita una verdadera operación de pacificación, con mandato claro, capacidad operativa, recursos suficientes y determinación para recuperar los territorios sometidos al dominio de las pandillas.
No habrá paz duradera mientras las organizaciones criminales puedan sustituir a las autoridades, controlar comunidades y ejercer la violencia con impunidad.
La ONU debe comprender que en Haití no está en juego solamente la seguridad de una nación, sino también la credibilidad de la respuesta internacional frente al poder de organizaciones criminales capaces de desafiar al mundo.
La indiferencia o las respuestas a medias solo prolongarán la tragedia haitiana.
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