Las lágrimas de las puertas cerradas: heridas que no sanan
*Por Luis de Jesús Rodríguez
En las ciudades dominicanas hay un gesto silencioso que se repite cada día y que casi nadie mira con atención: el momento en que una puerta se cierra.
No hablo del cierre de una gran empresa ni de un banco. Hablo de algo mucho más pequeño y cercano: la persiana metálica de un colmado en un barrio de Santo Domingo, la puerta de una ferretería en Santiago, el portón de una peluquería en San Francisco de Macorís o el pequeño local de una tienda en Higüey que durante años sostuvo a una familia.
Cuando estas puertas se cierran definitivamente, la ciudad pierde algo más que un comercio. Pierde una historia.
Detrás de cada pequeño negocio dominicano hay un relato que rara vez se cuenta. Hay madrugadas abriendo el local antes de que salga el sol, inventarios hechos a mano, cuentas que no siempre cuadran, proveedores esperando pagos y clientes que fiaron con la promesa de volver.
Hay hijos que crecieron detrás del mostrador. Hay esposas que ayudaron a llevar las cuentas. Hay padres que apostaron todo lo que tenían para levantar ese pequeño espacio de trabajo.
Cuando el negocio finalmente cierra, el barrio solo ve una persiana bajada. Pero el dueño ve algo distinto: años de esfuerzo concentrados en un gesto final y un sueño que ya no pudo sostenerse.
En momentos como los que vive hoy nuestra economía, basta a veces un pequeño viento en contra para desatar una tormenta. Un aumento en los costos, una caída en las ventas, un préstamo que se vuelve difícil de pagar o regulaciones que se hacen más complejas de cumplir.
Para una gran empresa estos cambios son manejables. Existen reservas, equipos financieros y acceso a crédito. Pero para el pequeño comerciante dominicano ese mismo viento puede convertirse en una ola que lo arrastra.
Así comienzan a aparecer las puertas cerradas en nuestras calles. Un local que se apaga en una esquina de Santo Domingo. Otro que desaparece en una calle de Santiago. Otro más en San Francisco de Macorís o en Higüey.
Cuando hablamos de economía conviene recordar que detrás de cada negocio hay una familia. Miles de pequeños empresarios dominicanos no buscan privilegios; buscan condiciones razonables para poder seguir luchando.
A veces lo que hace falta no son grandes discursos económicos. Hace falta comprensión. Hace falta facilitar procesos, simplificar cargas y modernizar normas laborales para que emprender no sea una batalla imposible.
Porque cada pequeño negocio que logra sobrevivir sostiene algo más que un ingreso: sostiene una familia, sostiene un barrio y sostiene una parte del alma económica de nuestras ciudades. Tal vez por eso, cuando uno camina por nuestras calles y ve una persiana cerrada, conviene mirar con atención.
