Las aguas de abril

editorial

Una vaguada, que deja sentir sus efectos en las condiciones del tiempo desde la semana pasada sobre gran parte del país, está en la base de los torrenciales aguaceros que paralizaron las actividades cotidianas en la Capital y comunidades circundantes.

Los daños, cuantificados por el Comité de Operaciones de Emergencias, incluyen la muerte de una persona —nada tan importante como la vida— más de mil viviendas afectadas, unas 5 mil personas desplazadas y 20 comunidades incomunicadas.

Cuando la mayoría de la población se fue a la cama el martes en la noche sabía que estábamos bajo los efectos de una vaguada, pero hace unos cuantos años que las lluvias torrenciales, como las ocurridas la madrugada del miércoles, son cosa de noviembre.

Estamos, por lo visto, ante un año atípico. El fin de semana en muchos lugares del país todavía eran sentidos los aires frescos propios de los sistemas frontales, comunes en la época de invierno, pero ocurre que eran los últimos dos días de Cuaresma, un período de una marcada atmósfera religiosa, pero asociado por el sentido común con días de soles rigurosos y la sequía típica de los primeros días de la primavera.

Los daños causados por la lluvia, particularmente sobre una de las partes más pobladas del país, fueron muchos, pero tal vez menos de lo que se podía esperar ante esta cantidad de agua, por haber ocurrido mientras gran parte de la población estaba recogida en sus hogares.

Con la gente en las calles, como ha ocurrido en ocasiones previas y recientes de precipitaciones descomunales, las pérdidas humanas han sido cuantiosas y los daños materiales de gran magnitud.

Ahora, como ocurre tras temporales seguidos de inundaciones urbanas, hay que esperar que la población oiga al Ministerio de Salud Pública, que en casos como estos exhorta a no exponerse a las aguas estancadas ni a las de ríos, arroyos y cañadas, para evitar contagios comunes en períodos de lluvias.