La visita del papa Francisco a los EU
En su reciente visita a EE. UU., el papa Francisco sostuvo una reunión con varios cientos de obispos de ese país, la cual fue reseñada por este periódico en su edición del 28/9/15.
Según dicha reseña, en esa reunión “el Papa lamentó la legalización de los matrimonios entre personas homosexuales. No obstante, pidió a los obispos enfocar sus energías en otra cosa en lugar de quejarse. “La institución civil del matrimonio y el sacramento cristiano ya no coinciden sustancialmente ni se sostienen mutuamente”, indicó.
En algunas ocasiones quien esto escribe ha estado en desacuerdo con ciertos pronunciamientos y acciones del Papa sobre temas que tienen que ver con aspectos fundamentales de la doctrina de nuestra Iglesia católica. Incluso, algunos miembros “liberales” del clero, con el aparente apoyo del Papa, quieren que cualquier cambio en la doctrina se haga como ellos dicen, presentándose como los nuevos “redentores” de la humanidad.
Pero aún reconociendo que la doctrina católica no es algo que ha permanecido inmutable con el paso del tiempo, sino que se ha ido perfeccionando a través de los siglos, la Iglesia católica tiene sus normativas para realizar los cambios que sean necesarios, sobre todo teniendo en cuenta lo delicado de los temas que actualmente están sobre el tapete.
En este recorrido por EE. UU., debo reconocer que el Papa habló con propiedad sobre los temas abordados y es evidente que esta ha sido una visita muy fructífera tanto en el plano pastoral como en el político. En un hecho sin precedente, un Papa habló en el Congreso de Estados Unidos, logrando de esta manera un gran reconocimiento para la Iglesia católica en un país mayoritariamente protestante.
En la reunión con los obispos americanos, reitero, el Papa lamentó la legalización de los matrimonios entre homosexuales.
En nuestro país este tipo de unión todavía no se ha definido, pero es mi percepción que con lamentos o sin lamentos ese tema seguirá adelante, porque la Iglesia, a pesar de su influencia, no tiene mucha posibilidad de detener su avance, porque la clase dirigente dominicana carece de verdadero espíritu cristiano, ya que está integrada por políticos muy vacilantes en materia de fe y de moral que solamente buscan sus propios intereses y, lamentablemente, ellos son los que eventualmente tendrían que decidir.
Debo admitir sin ambages que no estoy de acuerdo con los matrimonios entre homosexuales, pero no porque yo sienta rechazo por ellos, de hecho tengo parientes homosexuales, sino porque Dios está en contra de ese tipo de unión y como soy cristiano católico no entraré en contradicción con las enseñanzas divinas porque de lo contrario yo tendría que abandonar la Iglesia, cosa que me parece muy difícil que suceda.
Ahora bien, lo que no se puede tolerar es que nuestra Iglesia, como ente espiritual, caiga en la debilidad de darle cabida a un acto de esa naturaleza como pretenden algunos obispos al servicio del Vaticano y de otras latitudes, siguiendo la línea anticristiana de la mayoría de las iglesias protestantes de Europa, Estados Unidos y otros países que lo han aprobado.
Pero es muy preocupante que esa ideología de género se quiera imponer a todo el mundo por la fuerza o mediante leyes abusivas. Ya eso es otra cosa, porque vulnera mis derechos como persona. Son los mismos derechos que los homosexuales han estado reclamando desde hace mucho tiempo, ¿y entonces?
Por estas razones, creo que el Papa está en lo cierto cuando dice: “La institución civil del matrimonio y el sacramento cristiano ya no coinciden sustancialmente ni se sostienen mutuamente”.
También estoy de acuerdo con la recomendación que el Papa les hace a los obispos: “Enfocar sus energías en otra cosa en vez de quejarse”. Es decir, sin claudicar frente al pecado, enfocarse en lo básico, en lo fundamental, en lo único que tiene poder para detener los males morales que afectan a la sociedad: la evangelización.
La Iglesia existe para evangelizar y esto debe hacerse mediante un plan pastoral organizado, sistemático, integral, que tenga en cuenta las cuatro dimensiones de nuestra Iglesia: la palabra, el culto, lo comunitario y lo social.
Pero para que esta evangelización funcione y produzca los frutos deseados, todos los que decimos ser cristianos católicos debemos hacer un sincero esfuerzo para dar testimonio de que realmente somos fieles seguidores de Jesús de Nazaret. Con malos ejemplos que nadie espere abundantes conversiones.
En las presentes circunstancias, los cristianos no podemos permanecer callados, y si no hablamos ahora que todavía podemos, preparémonos para volver a las Catacumbas o peor aún al Coliseo, porque ya está en ciernes otra persecución en contra de los valores morales y religiosos predicados por nuestra Iglesia, que será peor que la desatada por el Imperio Romano en los primeros siglos del cristianismo.
Pero en esta lucha, el Señor Jesús fue previsor y nos advirtió de esta situación antes de su partida para que no nos tomara de sorpresa: “Si el mundo los odia a ustedes, sepan que a mí me odió primero.
Si ustedes fueran del mundo, la gente del mundo los amaría, como ama a los suyos.
Pero yo los escogí a ustedes entre los que son del mundo y por eso el mundo los odia, porque ya no son del mundo… Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán…” (Jn 15, 18-20).
*Por Victor Lachapelle
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