La verdadera tragedia haitiana
La tragedia de Haití simplemente fue desnudada por el terremoto de enero pasado. Ha estado ahí siempre, desde que fue obligada a pagarle una indemnización a Francia para que las demás potencias le reconocieran su independencia.
Esa deuda impuesta por el colonialismo la terminó de pagar en 1934, lo que hizo que pasara de ser una de las colonias más ricas de América a la nación más pobre del hemisferio.
A eso se le sumó la falta de visión de sus líderes para crear instituciones que perduraran. Hasta la década de los 90 sólo el ejército y la iglesia Católica podían ser calificados como tales. Su ejército se convirtió en una perturbación constante de la democracia, lo que hizo pensar que sería una buena idea destruirlo. Con esa decisión Haití prácticamente se quedó sin instituciones estatales que funcionaran como tales.
Esa tragedia quedó al descubierto con el terremoto. Sólo la iglesia Católica, aunque perdió a su arzobispo, por ser una institución supranacional, pudo estructurar mecanismos de asistencia efectivos.
Hoy, al igual que antes del terremoto, se observa un liderazgo político y social débil, pero sin cuya participación no será posible la reconstrucción institucional de esa nación.
La ayuda internacional, por tanto, tiene que ser dirigida a reparar lo que el terremoto dañó y ayudar en la formación de un liderazgo responsable, comprometido con el desarrollo institucional de Haití.
Ojalá la comunidad internacional no experimente otro fracaso, pues hasta República Dominicana sería arrastrada al abismo.
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