La sociedad del miedo

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El periodista, mientras guía su vehículo luego de entrevistarse con un investigador de la policía que le proporciona discretamente datos para hacer sus reportajes, observa las calles solitarias y penumbrosas de la ciudad y, en lo más profundo de sí, hace conciencia de que el miedo le descompone las entrañas.

El oficial le ha hecho entrega de documentos sobre un caso conocido y publicado, del que no se conocían los detalles realmente aterradores.

¿Por qué el público no fue informado de todo lo ocurrido?, pregunta. La respuesta del investigador le corta la respiración:

-Por lo espantoso de estos hechos. Es lo que se decidió, debido a la preocupación sobre cómo iba a reaccionar el ciudadano.

Añade, entonces:

-Se conocieron los detalles cuando se indagaba la suerte de unas personas de las que no se tenía noticias, pero que habían sido vistas en un barrio a medio construir de la parte este de la ciudad.

Se pensó en dos casos: el de un raso de la institución y el de un chofer de camión. Ambos se habían encontrado en diferentes fechas con una mujer que, al parecer, se les había insinuado. Se les vio entrar a una casa sin terminar, rodeada de una alta verja y ya habitada. Pero luego averiguamos que no fueron dos casos, sino muchos casos. Muchísimos casos.

“Se determinó que los desaparecidos fueron maniatados y torturados. Y, finalmente, asesinados brutalmente por la mujer, su esposo y dos hijos adolescentes. Lo hicieron entre todos a palos, puñaladas, martillazos y machetazos. Ya cadáveres, fueron enterrados en una fosa ubicada en el patio de la casa”.

“Lo que no se ha publicado”, continuó el investigador, “es que se encontraron en el lugar las osamentas de otras doce personas. Todas las víctimas, de acuerdo con las indagatorias de los médicos legistas, fueron torturadas con una terrible crueldad. Muchas veces.

Y despacio. Los criminales se tomaron su tiempo. Parece que lo disfrutaban en grande. Los remataban tras torturarlos ininterrumpidamente. Por muchas horas, quizás días. Puede que les suministraran algún tipo de droga para poder controlarlos…”

Al dejar el lugar del encuentro, el comunicador hace el trayecto hasta el lugar en que vive “con rapidez y temor”. Recuerda que al aproximarse a su auto, que dejó aparcado muy cerca, “decidí –algo que nunca había hecho anteriormente- mirar a través de los cristales antes de abordarlo, e hice similar inspección luego de abrir la puerta”.

Escribe “no entender, aunque debería entenderlo, por qué me sentía tan asustado. Miré el reloj del tablero del auto: diez treinta y siete de la noche. ¿Acaso debo decir que por primera vez en mucho tiempo, sentí como una sombra siniestra que oscurecía todo? Conduje mirando para todas partes.

Al tomar la avenida del malecón, sentí ese estremecimiento venenoso cada vez que cruzaba una intersección o cuando un vehículo cualquiera se aproximaba.

Presentía esa intimidad con el mal en un transeúnte de apariencia inocente o de mala catadura que me observaba desde la acera o desde otro vehículo. Creo que temblaba al detenerme frente a una luz roja”.

“El horror y la muerte podrían estar ahí, en este o aquel auto, con los cristales oscurecidos que se aproximaba o circulaba despacio a mi lado.

Aparqué el vehículo en el garaje del edificio donde resido, agitado por el miedo, de igual manera subí las escaleras y abrí la puerta tras dejar caer las llaves varias veces”.

El comunicador se encierra asegurando varias veces pestillos y cerrojos y tras revisar detenidamente cada rincón del apartamento. No tiene apetito. Se acuesta. “Mi noche estuvo infestada de visiones, sombras fugaces, y opresivas, voces apagadas, susurrantes y amenazadoras como de alguien que mencionara mi nombre u otros nombres, ruidos misteriosos, inexplicables…”, confiesa.

Esta historia es parte de la trama de mi novela “En honor a mi muy querida Stella” que fue publicada en abril de 2010 y que ya lleva cuatro ediciones.

Los crímenes de numerosas personas y la forma en que fueron ejecutados realmente ocurrieron. La contraportada del libro comienza con una pregunta al lector: “¿Quién será la próxima víctima?”
Vivimos en la sociedad del miedo.

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