Miércoles, 16 de octubre, 2019 | 5:35 pm

La selva



A veces me temo a mí mismo.

Hace ya casi dos años y medio, cuando migré de mi tierra, dije que sólo volvería a enterrar a mis padres; dos semanas después, de repente, volvía a mi lugar de origen a cargar el féretro conteniendo el cuerpo de mi madre.

La pasada semana, regresé empujado por la parca, que implacable asoma una vez más.

En tan sólo una semana que duró mi estadía, confirmé que no existe posibilidad alguna de que las cosas cambien. Sin duda todo ha empeorado.

Comparto con ustedes, algunas de las cosas que viví en esos 7 días.

El primer gran impacto fue el tránsito:

¿Cómo es posible tantas violaciones a las leyes de tránsito? ¿Es que acaso todo el que conduce ha olvidado lo que es un carril, una luz direccional, una señal de pare o cuál es la función de un semáforo?

Desde la guagua de una empresa de transporte de pasajeros que desmonta a una dama en el tercer carril de la izquierda de la avenida John F. Kennedy, pasando por el camión cuyo grado de inclinación presagia que pronto volcará, hasta la camioneta llena de madera (¿cortada con permiso?) que se detiene en un carril de un puente, sin avisar y sin luces de freno.

¿Qué es la avenida Abraham Lincoln? ¿Una avenida, o un gran parqueo de vehículos encendidos? Sufrí un ataque de risa mientras transitaba en ella, la razón fue que conté 10 infracciones de tránsito mientras permanecía inmóvil atrapado en esa vorágine.

La mejor de todas fue la patana que pasó como bólido por el único carril disponible en dirección a la avenida Los Próceres. Su chofer, cachucha de lado, iba con unas gafas y un dembow a todo volumen, ¿qué certificación tendrá ese ser humano para manejar un vehículo que tanto daño puede hacer?

Mi primer contacto con la delincuencia:

Quise acompañar a mi padre el día de su cumpleaños. Como pudieron, algunos miembros de la familia y uno que otro amigo se parquearon en la calle, copada por vehículos de edificios que no tienen suficientes parqueos, clientes de negocios aledaños, etc.

Apenas un par de horas después, ya los espejos retrovisores de tres vehículos habían desaparecido, incluyendo uno dentro de la casa. En una calle céntrica, llena de vigilantes, nadie vio nada.

De la forma más natural, todos decían “ve mañana a la 20 y ahí el ladrón te los vende”.

No fue necesario, temprano en la mañana, ya un familiar tenía el celular del “Ñato”, quien trajo los espejos a domicilio y los instaló con precisión germánica en los vehículos, no sin antes aclarar “io no obo, lo igele me conocen y van y me lo venden peo yo no obo”.

Mientras, transcurría la semana, muertos van y vienen, incluyendo una profesora de apenas 21 años, embarazada de 7 meses, a quien dos ratas mataron por un celular.

Pasado un par de días, el asunto era ver si Escogido o Toros ganaban…

Segundo encuentro con la delincuencia:

Quise ser lo menos inoportuno posible y alquilé un pequeño carro para moverme. Llegado el día de regresar,  tomé la avenida Tiradentes para pasar por la UASD y terminar en mi destino, la Avenida Independencia, donde devolvería el vehículo.  Es una ruta conocida para mí, la tomaba cuando iba a trabajar a Cancillería.

Exactamente detrás del Archivo General de la Nación, ahí estaba, lo sentía desde el día que llegué. Sería para mí o yo lo presenciaría: el motor negro, el casco negro que no permite ver la cara, el jacket negro, y al instante el grito de la joven mientras el motor cruzaba a mi derecha por el carril contrario. Nadie se movió, nadie gritó atracador, yo sólo seguí mi ruta, mi avión salía en unas horas…

Si de algo le sirve a la desprestigiada, corrupta e ineficaz policía dominicana aquí le dejo una descripción más detallada:

Motor tipo 115 negro, sin marca, casco negro con el visor negro para que no se vea la cara, jacket de tela negro con rayas amarillas, delgado, aún sentado diría que estatura normal,  5’ 7” a 5’ 9”.

La próxima vez díganle a los tres agentes que estaban apenas dos esquinas más adelante, creo que frente a un colegio o dependencia oficial, que estén más atentos, para que cuando un ciudadano como yo les diga “acaban de atracar una joven a dos esquinas” la respuesta sea otra, en vez de “¿no ombe?”.

La despedida:

Salí con tiempo suficiente para el aeropuerto de La Romana. Como dije,  a veces me temo a mí mismo por mi capacidad de prever lo que va a pasar.

En Boca Chica, un camión de cerveza se había acercado al paseo por la construcción que se realiza en la carretera. Al hacerlo había enganchado un letrero de un colmado (que promociona la misma cerveza, oh ironía) y ahora podía arrastrar el pesado letrero y el poste que lo soportaba, ocupando el único carril disponible. Todo el tránsito de la autopista en dirección al este quedó paralizado.

De repente comenzaron a hacer señas para que todos retrocediéramos y tomáramos una calle marginal. El primero en hacerlo fue un camión volteo, el cual al hacer el giro, enganchó el letrero de la ferretería de esa esquina mientras ya los lugareños exclamaban “coño pero van a acabar con to!”.  Ahora teníamos dos camiones enganchados de dos letreros.

De repente, la patana cervecera se “zafo” y bumper con bumper avanzamos como reses en corral. Una esquina más adelante dos vehículos yacían destruidos rodeados de curiosos.

Finalmente llegue a tiempo al aeropuerto y abordé. Siempre supe que con eso no tendría problemas, sobre todo porque esta vez no viajaba con mi perra y me imagino que luego de como reaccioné en el aeropuerto de Punta Cana hace dos años, ningún carajete me preguntaría “que dónde está el pasaporte del perro”. Así como lo leen; pero eso es otra historia.

Lectores, el nivel de degradación de la vida en República Dominicana es asqueante. Mantener ese conformismo y seguir siendo, como dijo Andrés L. Mateo, “optimistas de mierda”, no va a cambiar las cosas. O exigen acciones radicales en sus gobernantes o prepárense para ser rebautizados de dominicanos a selváticos.

Están viviendo en La Selva.

Elías Brache

Publicidad