Sábado, 23 de marzo, 2019 | 6:21 pm

La retórica política y religiosa, manjar para incautos



Desde que Córax de Siracusa fundó la retórica en el siglo V a. C., esta ha experimentado un largo recorrido en diferentes períodos históricos.

Conocidas son la Retórica de Aristóteles, en contraposición con la Poética, otra de sus obras; la De institutione oratoria, del retórico hispanorromano Quintiliano, inspirada en la ampulosa y pedante prosa de Cicerón, y el libro El arte de la retórica, del crítico y filósofo griego Longino.

Los cuatro retóricos parecieran haber convenido en un punto: ver la retórica como arte de hablar y escribir bien para persuadir.

Al retórico no le interesa el qué de su mensaje, sino el cómo va a presentarlo. Para ello se vale de técnicas estilísticas especiales que buscan llamar la atención e impresionar la audiencia con los efectos que extrae de las palabras, en el estilo y tono en que las expresa, en los diferentes patrones sintácticos que construye; igual, en el ritmo de su prosa u oratoria. Uno de los puntos que más ha caracterizado el uso de la retórica es la verbosidad u obesidad en las palabras.

Las principales ideologías religiosas de uno y otro hemisferio también han asegurado a lo largo del tiempo sus importantes cuotas de poder, siendo la retórica un aliado importante para nada despreciable; los políticos, propiamente hablando, aspiran resolver los problemas del otrora llamado hombre – masa en el orden material, y aquellas, para perpetuar su bienestar en el más allá, o sea, en el plano espiritual.

Ciertamente, no tiene el mismo efecto ni el mismo vigor cuando un presidente en un discurso dice, “los sectores de menos / escasos recursos” que decir “los pobres” a secas, además, naturalmente, por las implicaciones contestatarias que encierra el término; “pasar a una mejor vida”, por “morir”, y demás; en suma, una frase memorable como la de Tomás Jefferson en la Declaración, “Comprometemos nuestras vidas, nuestras fortunas, y nuestro sagrado honor”, jamás podrá ser igual a la un tanto árida y seca frase de “Nos comprometemos totalmente”.

Y si de ahí pasamos al terreno de la ideología religiosa, nos daremos cuenta que las analogías, el paralelismo y la repetición de palabras y frases, para imprimirles énfasis y unidad al discurso, son solo tres de los efectos retóricos básicos que busca imprimir a su discurso, un rasgo que prevalece en las demás expresiones de la literatura oriental.
 

Alex Ferreras

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