La prisión preventiva

Entendemos que fue, al menos, una imprudencia de la juez Rosanna Vásquez el cambiarle la medida de coerción a Sobeida Félix Morel para ponerla en libertad. No había que ser un genio para saber que ella era el único eslabón que tenían las autoridades en las investigaciones sobre la magnitud de las complicidades que protegieron al narcotraficante puertorriqueño José Figueroa Agosto.
El más simple sentido común indicaba que ésta mujer representaba un altísimo riesgo de fuga, pero además su propia vida corría peligro en las calles. Sobeida Félix Morel simplemente desapareció, frente a las narices de todos, aunque con menos espectacularidad que la que rodeó la fuga de Figueroa Agosto.
Adelantamos que seríamos de los más sorprendidos si Sobeida Félix Morel apareciera en condiciones de declarar o dar pistas sobre la madeja de complicidades de un Figueroa Agosto que se paseaba por los más exclusivos lugares del país, compartiendo con personas de gran influencia política, social y económica.
En el mejor de los casos, se trató de un desconcertante fallo del sistema judicial. Pero su corrección no puede llevarnos a cometer errores mayores.
Dictarle prisión preventiva a todo acusado de narcotráfico o lavado de activos podría ser también una peligrosa distorsión de la administración de justicia. Así, si alguna autoridad quisiera encerrar a una persona, por cualquier motivo, sólo tendría que hacerle una de esas dos imputaciones.
Las críticas derivadas por la infortunada decisión de la juez Rosanna Vásquez deben llevar a la conclusión de que el juez tiene que ser lo suficientemente sabio como para determinar cuándo haya peligro de fuga o de que el imputado en libertad pueda alterar las investigaciones.
La otra arista es investigar a profundidad si el accionar de esa magistrada se debió a una debilidad interpretativa del Código Procesal Penal o a motivaciones no santas.
Pero el resultado de esa indagatoria en nada debe pervertir el espíritu de las medidas de coerción consignadas en nuestro ordenamiento jurídico.
Un mal no puede ser subsanado con otro mal.