La política y sus fundamentos
Uno de los objetivos que persigo con este espacio semanal de reflexión es la oportunidad de hablar sobre temas que no necesariamente han estado asociados a mi vida conocida.
En el presente trabajo, me permito proseguir hurgando en este fascinante mundo de la política que he elegido, cargado de propósitos, desencuentros, realizaciones, sueños y desengaños.
La política es, ante todo, una condición humana. Desde que el hombre decidió vivir en comunidad surgió la necesidad de ordenar la convivencia, distribuir el poder y tomar decisiones colectivas. Aristóteles, en sus cavilaciones sobre Política —escritas en el siglo IV a.C.— afirmó que el ser humano es, por naturaleza, un animal político.
Con esa declaratoria de carácter fundacional, el filósofo griego no solo describía una inclinación humana, sino que señalaba una vocación: la de construir, deliberar y gobernarse. La política, en su origen, no era oficio de unos pocos elegidos; era el ejercicio más pleno de la vida en sociedad.
Como ciencia social, la política adquirió cuerpo teórico y método a lo largo de los siglos. Nicolás Maquiavelo, con El Príncipe y los Discursos de Tito Livio, inauguró una tradición que separó la moral de la razón de Estado, describiendo el poder tal como opera en la realidad, de acuerdo a las instituciones y no sólo como desearíamos que fuera.
Thomas Hobbes, años más tarde, edificaría la política sobre la base de una arquitectura contractual: los hombres ceden parte de su libertad a una autoridad soberana para escapar del caos de la naturaleza. Rousseau, décadas después, respondería desde un planteamiento contrario: el poder legítimo emana del pueblo, no de la fuerza. Estas tensiones argumentales son los ejes sobre los que aún gira el debate político contemporáneo.
Max Weber, en Economía y Sociedad, definió la política como la dirección o la influencia sobre la dirección de una asociación política, y al Estado como el monopolio legítimo de ejercer presiones e imposiciones. Con esa definición, Weber desnudó la esencia del poder sin romanticismos: quien ejerce la política ejecuta también la capacidad de dictar las reglas.
La política avanzó a lo largo del siglo XX apoyada en la sociología, la psicología, la economía y la historia. El siglo XX se caracterizó por el auge y expansión democrática. La derrota del fascismo en 1945 y el fin de los imperios coloniales multiplicaron el número de naciones con gobiernos representativos y sufragio universal, incluido el voto femenino.
La llamada “tercera ola democratizadora”, que arrastró las dictaduras del Cono Sur, la España posfranquista y, finalmente, el bloque soviético tras la caída del muro de Berlín en 1989, consolidó hacia el final de siglo a la democracia liberal como la forma de gobierno predominante en el mundo.
Política y tecnología
El presente siglo trajo consigo una revolución que ninguno de esos pensadores pudo prever en toda su dimensión: la irrupción de la tecnología digital como nuevo escenario de la política. Las redes sociales transformaron la comunicación política de un modelo de emisión vertical —el líder habla, el ciudadano escucha—, a un formato de conversación horizontal, fragmentada y permanente.
El poder en la era digital se juega en las redes de comunicación y quien controla los flujos de información controla los marcos de significado que moldean la opinión pública. La inteligencia artificial, el big data y los algoritmos han añadido una capa adicional de complejidad.
Hoy, los partidos y los gobiernos disponen de herramientas capaces de segmentar electorados, anticipar comportamientos y personalizar mensajes con una precisión que hubiera parecido ciencia ficción hace apenas tres décadas. Yuval Noah Harari, en su libro Homo Deus, advirtió sobre los riesgos de esa capacidad: “cuando los algoritmos conocen mejor a los ciudadanos que los ciudadanos a sí mismos, la democracia deliberativa puede convertirse en una simulación sofisticada de participación”.
El dato se vuelve poder; el poder, tentación; y la tentación, sin contrapesos éticos, degenera en manipulación.
Y sin embargo, la tecnología también ha abierto posibilidades genuinamente democratizadoras. Movimientos ciudadanos que habrían tardado años en organizarse lo hacen ahora en días.
La transparencia gubernamental, impensable sin plataformas digitales, permite a cualquier ciudadano escrutar en tiempo real el gasto público, los contratos del Estado, los votos legislativos, etc.
Las consultas populares, los presupuestos participativos en línea y las peticiones masivas son expresiones nuevas de una soberanía popular que busca actualizarse. La tecnología, en este sentido, no es enemiga de la política: puede ser su mejor aliada cuando se usa al servicio de la ciudadanía.
Lo que nunca cambia
Ningún modelo de inteligencia artificial ni algoritmo de predicción electoral puede sustituir lo que la política tiene como irreductiblemente humano: la capacidad de sentir la realidad de los otros, de escuchar el dolor de una comunidad, de comprometerse con causas que trascienden el cálculo inmediato.
Hannah Arendt, en La Condición Humana, estableció que la acción política es la forma más alta del activismo vital porque es la única que ocurre entre personas y para personas.
La política es el espacio donde los seres humanos se reconocen como seres capaces de comenzar algo nuevo, de interrumpir el automatismo de los procesos y de fundar realidades distintas. Ese componente humano no es una variable secundaria que la modernidad tecnológica puede optimizar o reemplazar. Es la esencia misma de la política.
Un líder que gobierna con datos pero sin empatía, que gana elecciones con algoritmos pero pierde el contacto con la gente, que administra bien pero no conduce, traiciona la base y el sentido de la política.
La política es, también, el arte de la confianza. Y la confianza no se programa. Se gana con presencia, con coherencia entre el discurso y la acción, con la disposición de poner el interés colectivo por encima del personal.
En un mundo donde la desafección política crece en democracias consolidadas y emergentes, recuperar ese vínculo de confianza entre gobernantes y gobernados es el desafío más profundo que enfrenta esta ciencia. No perder la política y sus fundamentos, es el gran reto de estos tiempos.
“La política es el espacio donde los seres humanos se reconocen como seres capaces de comenzar algo nuevo, de interrumpir el automatismo de los procesos y de fundar realidades distintas”