La política no es guerra, sino producción de consensos
La idea de que la política es la guerra continuada por medios pacíficos influye mucho en la visión de lo que es la tarea de un político, poniendo acento en la supremacía y el dominio como objetivos fundamentales de la política.
Pero en realidad la política es una forma competitiva de producir consenso.
Se compite en escenarios de opinión pública y en mercados electorales, pero la esencia de la política es producir consenso que es lo mismo que construir voluntad colectiva, decisiones que cuenten con tal legitimidad que hasta los adversarios deban reconocer que aun estando en desacuerdo con la decisión tomada, ésta se ha producido siguiendo los procedimientos que garantizan su apego a la democracia.
La producción de consenso enfatiza la persuasión, la negociación y la garantía para el adversario de que no se le va a exterminar.
También implica que exista una visión de la alternancia que provea mecanismos para que lo que hoy es mayoría mañana pueda ser minoría y viceversa, que las minorías actuales puedan devenir en mayoría.
De ahí que la garantía de no erradicación, para las minorías, suele ser otro elemento de la política entendida como conjunto de reglas, comportamientos y procedimientos de creación de consenso mediante un proceso competitivo de persuasión y negociación. Persuasión y negociación son factores constantes, que no sólo se refieren al momento electoral, que es en el que los aspectos competitivos tienen predominancia.
Probablemente en este aspecto es donde reside la mayor capacidad de innovación que está demostrando la actual administración, a la que pertenezco.
Estamos en transición hacia una visión de la política como gestión del diálogo democrático en el que validación de una línea de gobierno no viene dada principalmente por su reiteración en múltiples agentes de opinión, sino por la una actitud que no teme ni a la divergencia ni a la contrastación con otros puntos de vista, trabajando los matices y ejerciendo un arbitraje social que se reviste de autoridad, aunque desde un concepto de autoridad que es esencialmente distinto a lo que estamos acostumbrados.