Sábado, 24 de agosto, 2019 | 11:46 am

La política ante el umbral de la locura



El filósofo, psicólogo e historiador francés Michel Foucault afirmó que la locura se traduce en una forma de imposición, debido a que el chiflado es aquel que escapa a las lógicas impuestas desde las diversas esferas de poder.

La coyuntura política que vive la República Dominicana ha provocado una especie de frenesí o “folie”, en la que cada sector la relativiza, y ve el fenómeno solamente desde la óptica de la conveniencia particular, sin que, necesariamente, medie el interés nacional.

Esto ha quedado aun más de manifiesto a partir de la llamada telefónica que hizo el miércoles pasado el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, al presidente Danilo Medina, en la que le comunicó sobre la importancia de que todos los actores políticos del país preserven las instituciones democráticas y respeten el Estado de derecho y la Constitución en las elecciones previstas para el próximo año.

La Presidencia de la República no tardó en dar su versión: “Medina le comunicó al secretario Pompeo que aun cuando no tiene una decisión tomada con relación a las elecciones de 2020, este puede tener la seguridad de que cualquiera que sea su decisión, el proceso se llevará a cabo conforme a la Constitución y las leyes”.

Desde entonces, las reacciones se han incrementado, algunos consideran que se trata de puro injerencismo de parte de Estados Unidos, y otros, por el contrario, la han favorecido y callan frente a la actitud estadounidense.

Los primeros defienden el derecho del presidente Medina de procurar una modificación constitucional para habilitarse políticamente, y los segundos, plantean que lo que se busca es violar la Constitución de la República, a pesar de que saben que esta establece el mecanismo de cómo puede ser modificada.

Parecería que vivimos en medio de un enfrentamiento bélico, casi ante el umbral de la locura política. Se trata de una situación que empaña la imagen de un país que exhibe la tranquilidad como parte de sus atributos.

Los dominicanos nos hemos convertidos en relativistas consuetudinarios, priorizando la conveniencia particular.
En la coyuntura que vive el mundo, la teoría del relativismo abarca todos los conceptos ideológicos modernos.

Se utiliza como instrumento filosófico entre la sabiduría y la ignorancia, no admite reflexión o razonamiento, tratando de imponer la concepción de que todo puede ser válido; dependiente de las circunstancias o las conveniencias coyunturales.

En ese contexto, la ética y la moral no cuentan en la necesidad de orientar correctamente el comportamiento de las personas en la lucha por el poder político.

Sócrates, maestro griego de la filosofía, solía afirmar que lo bueno y lo malo abundan poco, contrario a la mediocridad, que casi siempre hace acto de presencia en las manifestaciones humanas.

Indudablemente que en la sociedad dominicana imperan claramente dos discursos, uno relativista de cara a la opinión pública, y que hace mucho ruido; y otro, mucho más provechoso, que aborda el predominio de la verdad sobre la mentira. Entre la verdad y la mentira, lo bueno y lo malo, existe un relativismo ideológico a cargo de doxarios que manipulan desde las diversas esferas de poder.

La clase política debe exhibir el nivel de conciencia necesaria para resolver sus controversias a través del diálogo civilizado. Nuestro país, por diversas razones, constituye un Estado débil, cuya incidencia en el escenario geopolítico no es significativa.

Jamás avanzaremos si no establecemos claramente lo que queremos y aspiramos, actuando en una misma dirección con el firme propósito de alcanzar los objetivos estratégicos deseados.

El diálogo civilizado es el camino a recorrer por la sociedad, jamás el de la confrontación y de la locura política.

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