La patria que no merecemos

‘’El falso optimismo tarde o temprano significa desilusión, odio y desesperanza’’. Abraham Maslow.
Más de dos mil millones de personas al día de hoy viven en los llamados ‘’Estados frágiles o fallidos’’ (según estudios que arrojan estas cifras), proveniente de algunas agencias de servicios de investigaciones y análisis de las Naciones Unidas. El tema, por más indoloro que nos parezca, no deja de tener un panorama laberíntico de dimensiones catastróficas, que deja al descubierto las debilidades institucionales que agobian al Estado de cosa.

Son numerosos los países (incluyéndonos) en cuyos gobiernos no logran las más mínimas condiciones de seguridad y supervivencia, para una parte considerable de sus poblaciones. Los indicadores de inseguridad en la que estamos siendo víctimas los ciudadanos, son abrumadores.

Y alentadores para aquellos que manejan la economía del delito… que cada vez más están siendo desafiantes con las autoridades que lo combaten.

Un Estado fallido es un término “generalizado” que en su definición es un tanto confusa y controvertida, porque por un lado avanzamos hacia un virtual y anhelado desarrollo y, por el otro, hacia la destrucción masiva como sociedad. No existe hasta el momento, un antídoto eficaz para combatir los males que nos abruman.

La indiferencia eclipsa la calidad de dirección de la política de nuestros políticos. Los temas puntuales que generen debates son considerados superfluos.

A pesar de las debilidades institucionales en cuanto a los temas domésticos que nos agobian, en donde la corrupción sigue, preponderantemente, haciendo metástasis en la anatomía de las instituciones, tanto públicas como privadas; las debilidades del sistema de salud, el cual deja mucho que desear; las conquistas salariales bien merecidas por los médicos y enfermeras, en la que de modo alguno no subsisten con salarios de hambre, en una sociedad que como las demás del resto del hemisferio y América Latina nos hemos convertido, desde hace tiempo, en una sociedad de consumo, con un sistema educativo que estamos a la espera de que en los diez años próximos reduzcamos el analfabetismo con relación a los demás países latinoamericanos, que son más pobres, incluso, que nosotros.

Creo que a pesar de todas esas debilidades del sistema no obtendríamos, por el momento, el inefable honor de ‘’Estado fallido’’.

Solo estamos siendo víctimas de las ‘’percepciones’’ de quienes dicen que todo lo que está a la vista es una percepción. Los países periféricos, como el nuestro, exhiben una economía de bajos ingresos per cápita, pese a lo productivo y prósperos que hemos sido, y con la mala fortuna de ser gobernados por burócratas que se adueñan del erario público y enriquecen flagrantemente, de manera descarada.

El descredito político y social es preocupante.

*Por Carlos Martínez Márquez

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El Día

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