La palabra y el amor

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El culto a la palabra escrita es fruto del poder político. Los reyes -invento perverso de los seres humanos para explotar y humillar a sus congéneres- dejaron esa nefasta herencia en la religión.

Por eso Jesús se dirigió a Dios como Padre y Pablo en la segunda carta a los Corintios lo indica: la letra mata, pero el espíritu vivifica. Pretender que la Palabra de Dios es un código para normar es pura idolatría al texto, Juan al inicio de su Evangelio lo señala: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

La Palabra de Dios es Jesús amando, no mandando. Al confrontar a Jesús con la mujer adultera el argumento era lo que decía el texto, pero Él les respondió confrontándolos con su condición de pecadores y negándose a condenar a la mujer. ¿Qué hubiese contestado Jesús frente al tumulto que apoyándose en el texto pretende condenar al nuevo embajador estadounidense?

El literalismo bíblico fue usado con abundancia para negarle a indios y negros su condición de seres humanos y para negarle a las mujeres sus derechos ciudadanos, se empleó para condenar a comunistas, liberales y hasta socialistas, ahora se usa con arrogancia contra los homosexuales.

Si la lectura serena y amorosa del texto bíblico -y del Corán y todos los textos religiosos- no nos conduce a amar a los otros, a convertirnos y ser mejores personas, entonces nos envilece, nos hace arrogantes, nos vuelve verdugos del prójimo escudándonos en una supuesta legislación divina.

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El Día

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