Viernes, 22 de marzo, 2019 | 11:21 am

La muerte como límite

En nuestra sociedad –y otras- el “nazionalismo” sigue predicando la estulticia de que el valor supremo está en una bandera, un himno, la abstracción de una patria, una raza, y otras tantas insensateces, negando el valor de la vida de todos los seres humanos –los de este lado y los del otro lado de la frontera-, su dignidad, su prosperidad compartida, su capacidad de diálogo.



La experiencia de la muerte -la de los otros- nos conduce a entender que nos espera igual que a ellos en algún momento para cerrar todo lo que experimentamos como seres vivientes conscientes. La inminencia de la muerte propia -sea por edad, enfermedad o situación de riesgo- genera sentimientos diversos según cada uno lo ubique como significado de su existir. La búsqueda de la muerte -sea como suicidio, como defensa de la vida de otros o de principios que consideramos superiores a la vida propia- es una situación límite donde la voluntad personal asume una decisión última. En todos los casos, la muerte nos lleva a considerar la vida propia como valor supremo.

Si no viviéramos, si no existiéramos, no moriríamos. Morimos porque vivimos. Es inherente a toda forma de vida la muerte. Y como la muerte es la negación absoluta de la vida, nosotros, en cuanto seres conscientes, nos resulta una experiencia angustiante, absoluta y aniquiladora de toda posible experiencia ulterior. No es casual que, desde los albores de la actividad consciente de nuestra especie, por supuesto de la que tenemos evidencia histórica, la cuestión de la muerte ha generado múltiples explicaciones, celebraciones, creencias, reflexiones y todo tipo de expresión cultural. Comenzando con la manera en que se dispone del cuerpo del fallecido. Cuando por vez primera un grupo de homínidos dedicó tiempo a disponer de los restos de un congénere y no simplemente dejar que su cadáver se descompusiera, justo ahí dimos un gran paso en la constitución de nuestra humanidad.

Es en torno al miedo a la muerte que se establecieron las formas de explotación de unas minorías sobre las mayorías. O aceptaban ser explotados como trabajadores o corrían el riesgo de ser asesinados. Un texto de gran interés sobre el tema es “La dialéctica del amo y el esclavo” de Hegel. El último motivo por el que un individuo acepta ser sometido, humillado, deshumanizado, es porque teme ser asesinado. En las sociedades modernas se logran iguales resultados mediante la alienación del consumo y las ideologías, que ocultan la verdadera naturaleza de la explotación.

Los ejércitos se organizaron y se organizan inculcando a sus soldados que morir por el emperador, la patria, sus divinidades, ideologías, o la posibilidad de obtener riquezas mediante conquistas (codicia), era algo deseable y valioso, tan valioso que bien valía poner la vida en riesgo. Millones de seres humanos corrieron hacia el filo de las lanzas de sus enemigos o los cañones de sus contrincantes bajo la estúpida idea que morían por un bien más elevado que su existencia personal.

En nuestra sociedad –y otras- el “nazionalismo” sigue predicando la estulticia de que el valor supremo está en una bandera, un himno, la abstracción de una patria, una raza, y otras tantas insensateces, negando el valor de la vida de todos los seres humanos –los de este lado y los del otro lado de la frontera-, su dignidad, su prosperidad compartida, su capacidad de diálogo.

Por décadas desde la izquierda política se enarbolaba similar discurso al de la derecha reaccionaría actual, en ese entonces era: “patria o muerte”. Heredera de Horacio, y está en la Puerta del Conde: “Dulce et decorum est pro patria mori”.

En base a esa ideología de la tanatofilia el engranaje del poder político y económico se ha engrasado con la vida de millones y millones de seres humanos, en procesos productivos deshumanizantes, en guerras de exterminio, en sistemas políticos genocidas y patrones culturales de aniquilación. Es la cultura de la muerte en su justa dimensión.

Que judíos, cristianos y musulmanes seamos campeones en asesinatos en masa es parte de la historia, es innegable. Lo difícil es encadenar –lo digo como cristiano- tales orgías de sangre con la propuesta de Jesús: “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia”.

Las religiones han sido seducidas –y lo son hoy día- más por el poder y la codicia, que por el mensaje de amor que encontramos en Abraham, Jesús y Mahoma. El culto a la muerte sigue ganando la partida en nuestra sociedad, como se la ganó al Nazareno en la cruz, y espero, no me queda otra salida, que la Vida, la Resurrección, tenga la última palabra.

DAVID-ALVAREZ-Martín

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