Viernes, 18 de octubre, 2019 | 6:40 pm

La monja que saltó la verja



Era mediados de agosto cuando recibí un mensaje luctuoso en el teléfono: ha muerto la maestra Faustina Posada.
La esquela me hizo mirar al pasado y verme, en la adolescencia, en una de las aulas del segundo nivel del liceo Sergio Augusto Beras, de El Seibo.

Aquella monja había sufrido por su afán de que estudiara física, la entendiera y fuera capaz de resolver algunos problemas en la pizarra.

En el primer tercio de septiembre fui citado por un grupo de seibanos a un encuentro. El asunto a tratar me movió a buscar una excusa para no ir: trataríamos de recoger el legado de la monja a su paso, de unos diez años, por El Seibo. Asistí, finalmente, por la afinidad personal con el invitador.

Los concurrentes conmovieron mi espíritu al sacar testimonios inesperados acerca del impacto en sus vidas del trato con Faustina, una monja de la orden dominicos que realizó un trabajo social y humano del que no me había enterado. Sabía de las escapadas a los montes, de las carpas en las noches de campo, pero los imaginaba en asuntos místicos.

Fuera de la casa de las monjas Faustina Posada reunía de manera regular a cientos de jóvenes seibanos y los tutelaba en encuentros de reflexión sobre ellos mismos, sobre la comunidad y acerca de la vida pública del país y hasta del continente.

Uno de mis seibanos incluyó en su relato estas palabras: Faustina provocó una transformación en mi vida que se reflejó hasta en mi rendimiento escolar. Otro habló del espíritu de liderazgo social que les provocaron las discusiones y las reflexiones y un cura jesuita habló de su ecumenismo y tolerancia.

El trabajo arriesgado, particularmente el que podía tener consecuencias políticas en aquellos días de los años 70 del siglo pasado, lo encaraba de manera personal.

El instrumental doctrinario e ideológico de Faustina, la monja que traspuso la verja de la casa de las dominicas en El Seibo para actuar en la comunidad, según sus discípulos, estuvo constituido por Pablo Freires (educador brasileiro de la pedagogía crítica), por la conferencia de Medellín de 1968 y por algunos autores de autoayuda.

Todavía no salgo de la sorpresa. Una monja había actuado en mi entorno, había impactado en lo social, lo político y lo económico en un lugar en el que nunca quise correr por una calle para no salirme del pueblo y he venido a enterarme de su impronta casi 50 años después.
Valgan estas palabras como el reconocimiento de un estudiante que la hizo sufrir.

Miguel Febles

Publicidad