Domingo, 21 de abril, 2019 | 9:07 am

La modestia cósmica



Resulta muy complejo al entendimiento promedio descifrar leyes y misterios de las naturalezas (macro y micro) y del espacio sideral.

En la niñez, la mayoría de nosotros se maravillaba con la inmensidad del firmamento, la hermosura y distancia (vencida por la inteligencia humana en 1969) de la luna, la redondez de la tierra, el giro orbital, la profundidad de la noche y la brillantez e incandescencia del astro rey, el sol.

En las noches del decenio de los 60 del siglo XX, en la oscuridad que rodeaba los predios cultivables de la casa de la tía María y el tío Miguel, en Río Verde, La Vega, esos espacios insondables y sus enigmas, como también la superficie de la luna o la punta de una estrella eran alcanzables a través de la ingenuidad de una botella de vidrio traslúcido llena de agua, la que, al colocarse en posición de anteojos en modo transversal, y por efectos de la refracción de la luz natural, parecía acercar la luna y las estrellas.

La botella hacía de telescopio artesanal. Llegué a comentarle a mi primo José Elías, malogrado por suicidio en su adolescencia, que en momentos como esos sentía en el cuerpo de la botella la calidez del suelo lunar y la extraña sensación de tocar el brillo del polvo de las estrellas.

La especulación imaginaria de la literatura y el nivel de desarrollo de la astrofísica y de las ciencias naturales, que no conocían todavía el medio digital ni la partícula de la vida (bosón de Higgs) permitían la representación del universo como algo fantástico y desbordante de los límites de la razón.

Sin embargo, tenía lugar aquello que Mijail Bajtin llamó riesgo cósmico, al que luego Ulrich Beck pondría acento de catástrofe como posible escenificación de una amenaza global.

A pesar de la voluntad de conocimiento y de la separación de las naturalezas que la cultura y la tecnología imponen al ser humano, la humanidad aspiraba practicar cierta humildad o modestia en su estilo de vida y sus propósitos trascendentales.

León Tolstoi apostaba a la humildad o modestia como condición “sine qua non” del espíritu y el intelecto geniales. Sócrates pedía simplemente que nos conociéramos a nosotros mismos. El poeta Virgilio requirió, moribundo, a su amigo Lucio Vario y al emperador Augusto que destruyeran “La Eneida”.

Kafka imploró a su amigo y albacea literario Max Brod convertir en cenizas todos sus escritos, gesto que, por fortuna, Brod no llevó a cabo. También lo pidió a su amante Dora Diamant, quien solo quemó una parte de sus escritos.

Emily Dickinson instruyó a su hermana Lavinia quemar toda su obra, habiéndose salvado la poesía. Nabokov testó que se quemara su última novela “El original de Laura”, petición que su viuda Vera y su hijo Dimitri no cumplieron.

En todos estos reclamos el denominador común fue la modestia; un gesto de humildad.
La revista española XL Semanal reprodujo recientemente una entrevista de Johann Grolle al científico Avi Loeb, director del Instituto de Astronomía de la Universidad de Harvard, y quien además de los agujeros negros siderales estudia la posibilidad de vida e inteligencia extraterrestres.

Asume que es humanamente arrogante presumir que solo nosotros habitamos el universo. Además del novedoso concepto de arqueología espacial, Loeb ha creado el “principio de la modestia cósmica”, con el que modera la presunción de especiales, únicos de los humanos, tanto en lo galáctico como en lo biológico. Apunta a la probabilidad de que haya en el universo seres más inteligentes que el “homo sapiens”.

¿Cuántas tragedias hubiésemos y podríamos aun evitar a la humanidad si esta adoptase una actitud menos bárbaramente arrogante?

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