Por: Emmanuel Aquino Alvarado
Quienes han observado durante décadas los avatares de la izquierda continental saben que la realidad política que hoy exhibe América Latina era difícil de imaginar cuando, finalizando los años ochenta e iniciando los noventa del pasado siglo, se derrumbaba el llamado “socialismo real”, desaparecía la Unión Soviética y algunos se apresuraban a anunciar el triunfo definitivo del capitalismo liberal.
Para aquellos años, hablar de una izquierda con posibilidades reales de conquistar electoralmente el poder, en buena parte de nuestros países, parecía más una aspiración que una posibilidad inmediata. Más de tres décadas después, el panorama es radicalmente diferente.
No puede afirmarse que la izquierda domine políticamente América Latina. Los recientes procesos electorales demuestran incluso importantes avances de la derecha y la ultraderecha. Lo que sí puede sostenerse, y es históricamente más trascendente, es que: la izquierda continental dejó de ser una fuerza electoral marginal para convertirse en uno de los polos de la competencia política por el poder ¡Y eso no es poca cosa!
De la marginalidad a disputar el gobierno
La llegada del comandante Hugo Chávez al gobierno venezolano, en 1998, marcó el inicio de una etapa diferente. Posteriormente, llegarían Luiz Inácio Lula da Silva, en Brasil; Néstor Kirchner, en Argentina; Tabaré Vázquez y José Mujica en Uruguay; Evo Morales, en Bolivia; Rafael Correa, en Ecuador, y otras experiencias progresistas que, con diferencias importantes entre ellas, comenzaron a transformar el mapa político continental. Nuevas expresiones de avance lo serían el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), otrora organización guerrillera, que alcanzó electoralmente el gobierno en El Salvador. Xiomara Castro, que llegó a la Presidencia de Honduras; Pedro Castillo que
ganó en Perú; Gabriel Boric en Chile, y Gustavo Petro consiguió llevar, por primera vez, a una expresión inequívocamente izquierdista al gobierno colombiano.
Brasil quizás represente uno de los ejemplos más ilustrativos. Lula, aquel obrero metalúrgico y dirigente sindical que perdió varias elecciones antes de alcanzar la Presidencia, terminó convirtiéndose en uno de los dirigentes políticos más importantes del continente ¿Qué significa todo esto? Que la izquierda aprendió a competir electoralmente con posibilidades reales de alcanzar el poder. Pero aprendió algo más… ¡Aprendió también a perderlo y volver a disputarlo!
Los recientes resultados de Chile, Ecuador, Honduras, Perú y Colombia muestran un desplazamiento hacia posiciones de derecha. Pero interpretar esas derrotas como la desaparición de la izquierda sería observar una fotografía ignorando la película completa. Hoy una candidatura izquierdista puede gobernar, perder las siguientes elecciones, pasar a la oposición, y regresar posteriormente con posibilidades reales.
La derecha hace exactamente lo mismo. Ahí está la diferencia fundamental con aquella América Latina de los años noventa. Antes, en numerosos países, la pregunta era: ¿podrá algún día la izquierda alcanzar electoralmente el gobierno? Hoy la interrogante puede ser simplemente: ¿Quién ganará las próximas elecciones, la izquierda o la derecha ¡He ahí el avance!
Un nuevo tablero político continental
Argentina y Brasil permiten comprender perfectamente el fenómeno. Las expresiones progresistas argentinas han ganado, perdido y vuelto al poder. En Brasil, después de varios gobiernos encabezados por el Partido de los Trabajadores, la derecha recuperó la Presidencia, y algunos llegaron a escribir el epitafio político de Lula. Sin embargo, el antiguo dirigente sindical regresó al Palacio de Planalto mediante el voto popular.
Entonces, ¿se debe medir la fortaleza histórica de la izquierda contando exclusivamente cuántos gobiernos controla hoy? Claro que no. Los gobiernos cambian. Las correlaciones políticas también.
Lo verdaderamente significativo es que aquella izquierda que durante décadas obtenía porcentajes reducidos en muchos procesos electorales hoy posee organizaciones, liderazgos, y bases sociales, capaces de movilizar millones de votos y disputar segundas vueltas frente a la derecha tradicional y las nuevas expresiones de ultraderecha. Pasó de protestar contra quienes administraban el Estado a demostrar que también puede administrarlo. Pasó de observar el poder a disputarlo. De marginal pasó a convertirse en uno de los polos de la competencia política continental.
Llegados hasta aquí, surge inevitablemente la pregunta: ¿Y la Izquierda Dominicana qué?
¿Qué ha ocurrido con la izquierda dominicana mientras argentinos, brasileños, uruguayos, bolivianos, salvadoreños, hondureños, chilenos, colombianos, mexicanos, ecuatorianos, y peruanos, consiguieron convertir distintas expresiones progresistas en alternativas electorales con posibilidades reales? ¿Acaso desaparecieron los dominicanos de pensamiento izquierdista?
¿Dejaron de existir quienes creen en la justicia social, una distribución más equitativa de las riquezas, la defensa de los trabajadores, la soberanía nacional, nuestros recursos naturales, una educación y salud públicas de calidad y un Estado comprometido fundamentalmente con las grandes mayorías? Evidentemente que no. Entonces, ¿dónde están?
A continuación se plantea una hipótesis que la izquierda dominicana debería analizar profundamente: En República Dominicana existen muchos más izquierdistas que militantes de los partidos de izquierda.
Ahí pudiera encontrarse, paradójicamente, una de las principales debilidades, y al mismo tiempo, la mayor oportunidad.
Una Izquierda fuera de la Izquierda orgánica
Hay izquierdistas sin partido. Están en las universidades, sindicatos, organizaciones campesinas, movimientos sociales y comunitarios; entre profesores, estudiantes, profesionales, ambientalistas, artistas, intelectuales y trabajadores. Algunos militaron y abandonaron las organizaciones. Otros jamás han militado.
Muchos se cansaron de las divisiones históricas, los sectarismos y las luchas internas. Otros simplemente no encuentran en las estructuras existentes un espacio político capaz de representar sus aspiraciones. Y cuando llegan las elecciones, una parte importante termina por abstenerse o votando por los partidos tradicionales. No necesariamente porque estos representen sus ideas. Lo hacen porque no visualizan una opción progresista con posibilidades reales de alcanzar el poder.
Aquí aparece un peligroso círculo vicioso, la izquierda no crece electoralmente porque muchos izquierdistas consideran que no puede ganar; y no puede ganar porque muchos de esos izquierdistas terminan absteniéndose o votando por otras organizaciones.
Entonces, ¿cómo romper esa contradicción? ¿Mediante la tan cacareada “Unidad de la izquierda”?, es necesario. Pero no basta.
Si cinco organizaciones pequeñas se unen se tendrá una fuerza mayor que cada una por separado, pero se va a continuar siendo electoralmente pequeños. La pregunta fundamental debería ser: ¿Cómo conectar esa unidad orgánica con los miles de dominicanos izquierdistas y progresistas que permanecen fuera de nuestras organizaciones? La experiencia continental enseña algo.
Lula no ganó solamente con los militantes del Partido de los Trabajadores. Las victorias progresistas argentinas tampoco pueden explicarse contando exclusivamente militantes. Lo mismo ocurrió en Uruguay, Bolivia, México, Honduras, Chile, Colombia o El Salvador.
Para alcanzar el gobierno necesitaron independientes, sindicatos, movimientos sociales, estudiantes, profesionales, intelectuales, jóvenes, sectores comunitarios y ciudadanos que posiblemente jamás portarían un carné partidario. Necesitaron transformar mayorías sociales en mayorías electorales. La izquierda dominicana necesita comprender esa lección.
La izquierda orgánica no debe exigirle primero al izquierdista o progresista independiente que se convierta en militante para caminar junto a ella. Hay que construir un espacio suficientemente amplio donde ese sector inorgánico pueda participar manteniendo incluso su independencia.
De participar a competir
Hace algunos años se planteó, en escritos parecido al presente, la necesidad de que izquierdistas, liberales y progresistas dominicanos asumieran con mayor determinación la participación electoral como mecanismo para acceder a los espacios donde se toman las decisiones del Estado. Hoy se debe avanzar otro paso. Participar no basta. Hay que competir. Y competir significa construir para ganar.
La izquierda dominicana no puede acudir eternamente a los procesos electorales satisfecha simplemente porque presentó candidatos, colocó su bandera en la boleta y posteriormente contabilizó algunos miles de votos. Una organización política que pretende transformar la sociedad necesita aspirar a dirigirla.
Eso requiere propuestas creíbles, liderazgos capaces de conectar con las grandes mayorías, apertura hacia las nuevas generaciones, y sobre todo, superar la fragmentación que históricamente ha disminuido la capacidad electoral.
Quizás se deba comenzar cambiando las preguntas. En lugar de preguntar solamente: ¿Cuántos militantes hay? La pregunta debe ser: ¿Cuántos dominicanos piensan como izquierdista, progresistas o liberales, aunque no militen orgánicamente?
En lugar de discutir primero quién encabezará una alianza, discutir qué proyecto de país se puede construir juntos. Y en lugar de prepararse únicamente para participar en las elecciones, comenzar a crear las condiciones necesarias para disputar verdaderamente el poder político.
Los brasileños pudieron. Los argentinos pudieron. Los uruguayos pudieron. Los salvadoreños pudieron. Los hondureños pudieron. Los chilenos pudieron. Los colombianos pudieron ¿Por qué los dominicanos no?
La izquierda continental necesitó décadas para pasar de la marginalidad electoral a convertirse en uno de los polos fundamentales de la competencia política. La izquierda dominicana tiene frente a sí ese desafío.
Existe una izquierda fuera de las organizaciones. Está dispersa, en ocasiones desencantada y muchas veces termina votando por otros, pero existe. Encontrarla, escucharla, abrirle espacios y construir junto a ella una alternativa amplia, democrática, progresista y con verdadera vocación de poder pudiera ser la tarea pendiente.
Porque de poco sirve tener razón históricamente si no se consigue convertir esa razón en fuerza social; y de poco sirve poseer fuerza social si nunca se logra transformarla en fuerza política y electoral.
La izquierda continental ya demostró que puede hacerlo… ¿Y la dominicana pa’ cuando?