La integridad, una especie en extinción
Hoy particularmente veo escasear de una forma alarmante una importante cualidad a la que llamamos integridad. Esta es una de las condiciones indispensables que deben caracterizar a un Hijo de Dios. Muchas veces nos cuestionamos y damos vuelta en torno a qué debemos nosotros hacer para ser agradables a Dios, y ser íntegros es una condición indispensable para lograrlo.
Dios nos llama a ser justos, hablar siempre con la verdad, aún sabiendo que el hacerlo nos es perjudicial en determinado momento y a no corrompernos (esto es ser íntegros); recordemos que a Dios no podemos engañar, pues El tiene la facultad de escudriñar nuestros corazones y pensamientos. Él conoce a la perfección quiénes somos y como actuamos.
Ser íntegros es no mentir, es ser coherente con lo que predicamos como estilo de vida, es ser leal y corresponder a la confianza que el prójimo deposita en nosotros, es no tener doble cara, Dios conoce nuestros pensamientos y por tanto sabe al dedillo el grado de sinceridad que nos identifica.
Ser íntegros es no aceptar soborno contra el inocente, es no decir al necesitado ve y vuelve, teniendo qué darle. El íntegro difícilmente defrauda, y de decepciones está minada nuestra sociedad. Es una ardua tarea encontrar integridad en los diversos estamentos de la sociedad, en nuestros políticos, pues predican una cosa y cuando pensamos que veremos resultados coherentes, uff, tremendo chasco.
Falta de integridad se siente en la clase empresarial, pues todo se mueve en torno a intereses y no precisamente en pro de dar respaldo y posibilidades de mejorar la calidad de vida de los que han depositado su confianza en el sistema, pero indefectiblemente esta facultad brilla por su ausencia también en la clase necesitada, pues el modelo existentes tiene un factor multiplicador.
La falta de integridad se hace presente en los líderes de muchas iglesias en este tan ovacionado siglo XXI, pues sus prioridades distan mucho de la evangelización a la que fueron llamados, pero también en los feligreses que ponen su mirada en el hombre y no en Dios y su doctrina.
La integridad es una disciplina y un estilo de vida, años atrás esta cualidad valía lo que pesaba, era de más alta estima que el dinero en muchas ocasiones. Pidámosle al Espíritu Santo que forje en nosotros el Carácter del profeta Daniel en quien por más que los gobernadores y sátrapas buscaban de que acusarle en contra del reino, no pudieron encontrar ninguna falta, porque era fiel a Dios y ningún vicio ni falta fue hallado en él. Dan.6:6.
Si en Daniel se hizo posible, en ti y en mí puede serlo también, todo estriba en la calidad de la relación que tengamos con Dios y el deseo genuino de agradarle, pues una de las cualidades esenciales para esto es la fidelidad y para ejercer la misma, necesariamente hay que ser íntegros.
Con Dios nada nos queda grande, pues para eso nos ha enviado al Espíritu Santo de Dios que hace la obra en nosotros. Con la integridad se agrada Dios, ganamos nosotros como persona y gana la sociedad y con ella esa generación que la necesita a gritos.