La guerra rompe familias, sueños y futuros

Dilenia Cruz
Dilenia Cruz

La guerra no sólo destruye ciudades: rompe familias, sueños y futuros. Una reciente ofensiva aérea conjunta entre Estados Unidos y el Estado de Israel contra objetivos estratégicos en Irán volvió a elevar la tensión en Oriente Medio y encendió la preocupación internacional.

Pero detrás de cada titular hay personas comunes. Madres que despiertan a sus hijos en la madrugada para correr hacia un refugio. Abuelos que no pueden caminar lo suficientemente rápido. Niños que aprenden demasiado pronto el sonido de una sirena. La guerra transforma lo cotidiano en miedo permanente.

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha advertido que los desplazamientos forzados alcanzan niveles históricos en el mundo. Cuando una familia huye, no solo pierde su casa: pierde su red de apoyo, su escuela, su empleo y su sentido de pertenencia.

Comienza entonces otra batalla silenciosa: la de sobrevivir en campamentos temporales o en países que también enfrentan sus propias limitaciones económicas. Los efectos no terminan cuando cesan las bombas. Investigaciones en salud mental y neurociencia han demostrado que los traumas severos pueden transmitirse de generación en generación.

El miedo, la ansiedad crónica y el estrés postraumático no sólo marcan a quien los vive directamente; pueden influir en la forma en que se cría a los hijos y en cómo esas nuevas generaciones perciben el mundo.

República Dominicana no está en el campo de batalla. Sin embargo, ver estas imágenes nos invita a algo más profundo: valorar la relativa estabilidad que aún tenemos, fortalecer nuestras familias y practicar la empatía activa.

A veces la solidaridad no comienza con grandes recursos, sino con humanidad: informarnos, orar (quien así lo crea), evitar la desinformación y cultivar una cultura de paz desde nuestros propios hogares.