La ética del poeta, 20 años después

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José Mármol

Hace veinte años la sociedad dominicana era otra. El contexto sociocultural era otro. Las academias eran otras y tal vez mejores.

Las formas y las herramientas de comunicación eran otras, todavía sin el apogeo del cibermundo y de la comunicación digital.

La pasión, la sensibilidad y el conocimiento eran otros. En definitiva, nosotros éramos otros y la metamorfosis permanente de nuestra identidad, cada vez más desconectada de las raíces, las costumbres, los acontecimientos históricos y los referentes paradigmáticos, se contenta ahora con ser no más que el reducto de un descolorido recuerdo.

La vertiginosidad de la vida digital ha tirado al zafacón de la historia, como desecho, el privilegio de la memoria, aunque la diseque en un dato.

La ilusión del porvenir nos sedujo y bloqueó la posibilidad de que previéramos en el futuro, en vez de una evolución, un peligroso paseo por las sinuosidades del abismo.

¿Avanzamos o retrocedemos? ¿Nos mareamos dando vueltas en una lógica absurda de noria somnolienta? Habría que ver.
Hace veinte años publiqué un volumen bajo el título de “Ética del poeta (Escritos sobre literatura y arte)”.

El 19 de abril de 1997, Jeannette Miller, quien días antes había presentado este libro junto a “Lengua de paraíso y otros poemas”, publicó sus palabras en El Caribe, donde sustentaba, quizás no lo recuerde: “Para quienes sufrimos a diario la conciencia de ser o no ser, el registro del pensamiento y de sus logros resulta un indicador vital, un instrumento de justificación de la existencia, el soporte de una angustia vivencial que nos empuja sin tregua a la constante intención de esbozar una respuesta que, desde luego, nunca será completa.

En esta lucha permanente por la significación, la obra de escritores como José Mármol es de las que permite el registro de lo significativo dentro de nuestro contexto histórico cultural”.

El 7 de junio de ese mismo año, también en El Caribe, Fernando Cabrera afirma: “Su ética, acaso profana, se afianza más bien en el oficio: ‘trabajo del trabajo’, ‘como exaltación fruitiva del desgarrador proceso de invención de mundos, tiempos y espacios a través de la palabra’.

En todo momento es el oficio de escribir un serio ejercicio de conciencia”. Ambos escritores valoraron, en su momento, las ideas que el autor fue cultivando desde su juventud y que agolpó en ese volumen desaparecido de las librerías, hoy en franco proceso de extinción.

Allí sostuve ideas, que todavía conservo hoy, aunque recontextualizadas o matizadas. Verbigracia, la lucha del creador contra los unidimensionalismos y reduccionismos ideológicos o pseudoestéticos.

El poeta como animal simbólico que encarna, en cuanto que “homo aestéticus”, lenguaje, sentimiento y pensamiento. La misión humanística del escritor, más allá de la función social.

La trascendencia amoral, es decir, más allá de la responsabilidad personal, que reviste la escritura creativa, fundamentando así las posibilidades, antes que los límites, de una ética estética.

Esa es la ética de la forma a la que aspiró Paul Valéry, porque hace de la palabra la esencia y la presencia del creador en su cultura y en su historia.

La ética de la forma hace suya la fisiología del estilo de Flaubert. Por ello, un texto es perfectible hasta el infinito. La escritura y su lectura son únicos e irrepetibles.

Se reinventan cada vez, en una esplendorosa tensión imaginativa y lúdica. Es en esa magia pequeña donde habita la ética del poeta.

Estoy en deuda, no lo olvido, a pesar de la bancarrota de la memoria, con los lectores que me han sugerido una nueva edición de esos ilusos escritos sobre literatura y arte.

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