La esperanza de un mejor futuro

Nassef Perdomo Cordero
Nassef Perdomo Cordero, abogado.

Muchas veces los recursos más importantes de una sociedad no son medibles económicamente. Medidas como el Producto Interno Bruto (PIB) son capaces de decirnos en qué forma crece o decrece nuestra capacidad de crear riqueza material.

Pero hay otras cosas que son tan o más importantes para entender el estado de una sociedad: la seguridad jurídica, por ejemplo.

Su efecto inmediato no es económico ni material y, por lo tanto, no es posible reflejarlo en medidas cuantitativas, pero tiene importancia trascendental para determinar la calidad de vida en una sociedad e, incluso, el posible desarrollo de mediciones económicas como el propio PIB.

Sin embargo, no es atrevido afirmar que hay otras cosas capaces de medir mejor la salud de una sociedad. Me refiero específicamente a la esperanza de un mejor futuro, la idea de que nuestros esfuerzos y sacrificios tendrán recompensas materiales y no materiales.

No debe confundirse con el equivalente emocional de la seguridad jurídica, puesto que esta se limita a la predictibilidad jurídica de nuestras acciones, sin importar si las consecuencias son buenas o malas. La esperanza de un mejor futuro se define por la expectativa de que el resultado de nuestras acciones será positivo.

Esa esperanza es lo que nos impulsa a hacer sacrificios cuyos beneficios probablemente no veamos ni disfrutemos nosotros, sino generaciones venideras. En ese sentido, define nuestra relación con nuestros hijos, a quienes brindamos un apoyo que deseamos que nunca nos tengan que retribuir, pero que consideramos necesario para que en el futuro vivan mejor y más libremente de lo que lo hacemos nosotros en el presente.

No nos importa lo que sacrificamos, que casi nunca consideramos suficiente, sino el efecto que queremos que tenga en la vida de ellos.

De esta manera, para muchos, los hijos representan esa esperanza de que todo se desarrolle para mejor. Esta es una de las razones por las que su pérdida es tan devastadora para quien la sufre, y para quienes presencian el dolor de los padres.

La desaparición física de un hijo implica también la desaparición del futuro y las esperanzas que este acarreaba. No hay forma de recuperar lo perdido, sólo se puede seguir adelante.

Sin esperanza de un futuro mejor las sociedades se diluyen y las personas se apagan. Cuidemos la nuestra.