Martes, 19 de marzo, 2019 | 4:17 pm

La escritura: lo ineluctable



Para la Feria del Libro de Madrid de 2018, nuestro embajador en el reino de España, Olivo Rodríguez Huertas logró, con el apoyo de la Asociación Cultural y de Cooperación al Desarrollo Biblioteca República Dominicana (Acudebi), bajo la dirección de Daniel Tejada, que nuestro país tuviese un espacio propio en el parque Del Retiro. La revista “Intramuros.

Biografías, Autobiografías y Memorias”, dirigida por Beltrán Gambier, dedicó un número internacional especial al país en la ocasión. Comparto con los lectores de Carpe Diem, un resumen de lo que en esa revista publiqué.

El relente de la noche caribeña y el olor y la huella corrosivos del salitre marino los llevo impregnados en mi cuerpo y mi alma, desde los primeros días de mi llegada al mundo.

Cumplía trece meses de vida la noche del 30 de mayo de 1961, en que un grupo de héroes ajustició al sanguinario tirano Rafael Trujillo, poniendo fin a un criminal régimen que por tres décadas oprimió la población y saqueó las riquezas de la nación y el Estado.

En una modesta casita de concreto de la calle Sánchez de La Vega, a un par de kilómetros del Camú, pasé mi infancia.

Luego nos mudamos, dentro del mismo barrio, a un hermoso caserón de madera, en la calle 27 de Febrero, pintado siempre de azul, blanco y amarillo, bajo cuyo frondoso árbol de tamarindo, que ocupaba el centro de un extenso patio con jardín, viví hasta la adolescencia.

Ese fue un tiempo de estrecheces económicas e inmensas maravillas. Era un barrio de gente humilde, trabajadores de mecánica automotriz, talleres de herrería y carpintería, colmados en las esquinas, cafeterías y bares con relucientes velloneras, panaderías, freidurías y reposterías; madres lavanderas, planchadoras, enfermeras, maestras y oficinistas del sector público o privado, cuyos hijos asistíamos a las mismas escuelas, colegios o liceos y entre los que las diferencias de clases sociales, porque también vivían allí algunas familias acomodadas de hacendados, médicos, abogados, empresarios y empleados privados, se traducían en solidaridad, armónica convivencia y plena y horizontal vecindad, de manera que las tristezas o las alegrías de unos eran las de todos.

Allí sufrí mis primeras fiebres curadas con ensalmos, mi primera instrucción escolar, mi primer catecismo. También allí descubrí el amor.

Empecé, a una edad muy temprana las clases de dibujo y pintura en la Escuela de Bellas Artes. Debí cambiar al lenguaje literario. Mi intención de entonces, de la que no me he curado hasta hoy, fue la de dibujar o pintar con palabras todo cuanto espabilara mi sensibilidad. Bécquer, Garcilaso, Zorrilla, Neruda, Darío, Ingenieros, Rodó, Calderón, Molière, Salomé Ureña, Bosch, Maupassant, entre otros, me acompañaban. Concluido el bachillerato, decidí volver a la capital, para emprender mis estudios en la universidad del Estado. Abrazo, entonces, definitivamente el mar.

El mar se hizo mi hogar. Soy de la estirpe de Heráclito y Homero; me debo a las aguas del río Camú y del mar Caribe, tan lejano y próximo del antiguo mar de Odiseo, condenado a la luz y la espuma de sus olas, y en cuyas profundidades resuenan todavía cantos aborígenes de indómitas canoas viajeras, leyendas de piratas despiadados y el grito desesperado de miles de hermanos ahogados en naufragios, seducidos por un sueño migratorio que prometía liberarlos en vida del dolor, la marginalidad y la pobreza.

No hablo de mí, sino de lo ineluctable de mi escritura. Escribo, como Stravisnky, para mí mismo y para un hipotético alter ego.

Quien, como lector, se asome a mis palabras, no encontrará sino jirones de estas vivencias, suturados, lentamente, con el hilo del amor y de la pena.

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