Cuando hablamos de educación en cualquier parte del país tenemos la inclinación a mirar, valorar y opinar acerca de las virtudes y los males de los niveles básicos y en el papel de los profesores y el gremio que los agrupa, particularmente este último, en el que solemos ver la causa de muchos de los males del sistema de enseñanza.
Un intercambio cercano de periodistas del Grupo de Comunicaciones Corripio con los principales directivos de la Asociación Dominicana de Rectores de Universidades (ADRU) tuvo, sin embargo, la virtud de abrir la perspectiva frente a la educación formal, que no termina con el último año del bachillerato ni con la obtención de un título universitario.
En realidad, antes de que los resultados periódicos de las pruebas Pisa llamaran la atención acerca de algunas deficiencias en la educación dominicana, nuestras universidades habían ideado un procedimiento para curar lagunas y nivelar a rezagados.
Esto tiene un peso que puede llegar a ser hasta el 20 % en los planes superiores de estudios, de acuerdo con datos del presidente de la ADRU, Isaac García de la Cruz.
De estos señalamientos se desprende que si la educación preuniversitaria fuera confiable, ese 20 por ciento del currículo dedicado a curar posibles deficiencias estaría destinado, desde hace mucho tiempo a formación profesional específica.
Los rectores dejaron ver, además, que tienen clara conciencia de un dilema ante el que parece encontrarse el sistema educativo dominicano a todos los niveles, en este caso no sólo el universitario.
Consiste, fundamentalmente, en mantener firme la oferta de profesiones tradicionales o avanzar hacia la formación técnica, de manera que los jóvenes, al parecer urgidos por ingresar temprano a la vida productiva, salgan en no más de dos años dotados con capacitación superior a la que más adelante, si es su interés, pudieran impulsar a licenciaturas o ingenierías.
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