La economía de la vigilancia: cuando la vida cotidiana se convierte en materia prima

  • La economía de la vigilancia no se detiene en la frontera nacional, los datos personales viajan entre aplicaciones, proveedores, centros de datos, filiales y terceros tecnológicos

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Por Johanna Pimentel

La economía digital prometió comodidad, personalización y servicios aparentemente gratuitos. A cambio, entregamos algo mucho más valioso que dinero: patrones de conducta, ubicación, hábitos, relaciones, preferencias, vulnerabilidades y predicciones sobre lo que haremos después.

La economía de la vigilancia no consiste únicamente en que las empresas recopilen datos. Su rasgo distintivo es que convierte la experiencia humana en un recurso económico: observa, mide, clasifica y predice comportamientos para influir en decisiones futuras.

Lo que antes era una relación comercial relativamente visible como comprar un producto, usar un servicio, recibir una promoción, se ha transformado en una infraestructura opaca de extracción y análisis permanentes.

De la personalización al poder predictivo

La personalización suele presentarse como una mejora para el consumidor: recomendaciones más útiles, descuentos más relevantes, servicios más rápidos.

Sin embargo, cuando esa personalización se basa en una recolección masiva y persistente de datos, cambia la naturaleza de la relación. La empresa deja de limitarse a responder a una necesidad y comienza a anticiparla, modelarla e incluso explotarla.

El caso reciente de McDonalds ilustra con claridad esta lógica. Un periodista solicitó copia de los datos asociados a su programa de fidelización y recibió un expediente de 515 páginas con historial de compras, puntos, promociones, interacciones con la aplicación y predicciones sobre visitas futuras, gasto esperado y probabilidad de abandono.

El episodio muestra cómo un simple programa de recompensas puede convertirse en una arquitectura de predicción conductual: no solo se registra lo que una persona compró, sino lo que probablemente comprará.

El trabajador vigilado: plataformas, clientes y asimetría de poder

La vigilancia también redefine el trabajo. En la economía de plataformas, los trabajadores dependen de sistemas que asignan tareas, calculan reputación, rastrean ubicación y evalúan desempeño mediante datos.

La investigación sobre privacidad, vigilancia y poder en la gig economy (o economía de los pequeños trabajos) muestra que muchos trabajadores perciben tanto a las plataformas como a los clientes como fuentes de vigilancia innecesaria u opaca, capaz de afectar su seguridad, privacidad e ingresos.

La promesa de flexibilidad oculta una dependencia estructural: quien controla los datos controla también la visibilidad, la reputación, el acceso al trabajo y la capacidad de reclamar cuando algo sale mal.

Algunos trabajadores responden con formas de auto vigilancia, por ejemplo, grabarse a sí mismos o a los clientes, no porque esa práctica sea deseable, sino porque se vuelve una defensa costosa frente a relaciones de poder profundamente desiguales.

La capacidad de recopilar y analizar grandes volúmenes de información también abre la puerta a nuevas formas de gestión algorítmica. En determinados contextos, los sistemas pueden utilizar datos sobre comportamiento, disponibilidad, aceptación de tareas o respuesta a incentivos para estimar cuál es la compensación mínima que un trabajador estaría dispuesto a aceptar.

Aunque estas prácticas no siempre son visibles para quienes están sujetos a ellas, plantean interrogantes relevantes sobre equidad, transparencia y poder de negociación.

Cuando los datos permiten identificar los límites individuales de aceptación económica, existe el riesgo de que la optimización empresarial deje de centrarse únicamente en la eficiencia y comience a explorar hasta qué punto puede reducirse la remuneración sin perder mano de obra.

Cuando los datos cruzan fronteras

La economía de la vigilancia no se detiene en la frontera nacional. Los datos personales viajan entre aplicaciones, proveedores, centros de datos, filiales y terceros tecnológicos. Por eso, las transferencias internacionales se han convertido en una cuestión central de poder regulatorio y soberanía digital.

La multa de 290 millones de euros impuesta a Uber por la autoridad neerlandesa de protección de datos puso de relieve los riesgos de transferir información de conductores europeos a Estados Unidos sin garantías adecuadas.

El caso no es solo una advertencia jurídica. También demuestra que la infraestructura de la vigilancia comercial depende de flujos globales de información que pueden dejar a las personas expuestas a marcos legales menos protectores, accesos gubernamentales, controles insuficientes o una falta de transparencia sobre dónde se almacenan y procesan sus datos.

El precio invisible: discriminación, manipulación y pérdida de autonomía

Uno de los desarrollos más preocupantes es el llamado precio basado en la vigilancia. Si una empresa puede inferir cuánto está dispuesto a pagar cada consumidor, puede ofrecer precios, descuentos o incentivos distintos para el mismo producto.

El problema no es únicamente económico; es democrático. Cuando los algoritmos segmentan a las personas según su nivel de necesidad, fidelidad, impulsividad o capacidad de resistencia al precio, la transparencia del mercado se debilita.

La discriminación puede aparecer incluso sin utilizar explícitamente categorías protegidas. La ubicación, el dispositivo, la frecuencia de compra, los horarios, los patrones de navegación o la respuesta a promociones pueden funcionar como sustitutos de nivel socioeconómico, vulnerabilidad o dependencia.

Así, la vigilancia comercial puede producir resultados injustos sin declarar abiertamente que discrimina.

Las implicaciones se extienden además a sectores especialmente sensibles como los seguros, el crédito y la vivienda. Cuanto más precisos son los perfiles construidos a partir de datos personales y conductuales, mayor es la capacidad de las organizaciones para evaluar riesgos, fijar primas o determinar condiciones de acceso a determinados productos.

Un historial digital que sugiera determinados hábitos, patrones de consumo o comportamientos considerados de riesgo puede influir en el coste de una póliza de seguros o en la forma en que se tramita una reclamación.

Del mismo modo, la información utilizada para valorar solvencia puede afectar el acceso a hipotecas, los tipos de interés ofrecidos o las condiciones financieras disponibles para cada persona.

Cuando estos mecanismos se combinan con sistemas de puntuación crediticia cada vez más sofisticados, surge una forma sutil de control social.

La capacidad de recopilar y correlacionar información procedente de múltiples fuentes permite que decisiones fundamentales como obtener financiación, alquilar una vivienda, contratar determinados servicios o acceder a oportunidades económicas, dependan de evaluaciones automatizadas que rara vez son transparentes.

El riesgo no reside únicamente en posibles errores, sino en la creación de incentivos para que las personas adapten su comportamiento a fin de mantener una puntuación favorable, reforzando así estructuras de vigilancia que condicionan la autonomía individual y amplían las asimetrías de poder entre ciudadanos y organizaciones.

Consentimiento sin comprensión no es control

La economía de la vigilancia se sostiene, en parte, sobre una ficción jurídica y social: que las personas aceptan libremente el tratamiento de sus datos porque hicieron clic en “aceptar”.

Pero el consentimiento pierde valor cuando las políticas son extensas, técnicas, fragmentadas o imposibles de comparar; cuando el servicio es necesario para participar en la vida cotidiana; o cuando rechazar la vigilancia supone perder acceso, descuentos o funcionalidades esenciales.

El verdadero control requiere algo más que avisos legales: exige minimización de datos, límites claros de finalidad, retención proporcional, seguridad robusta, auditoría, explicabilidad, opciones reales para oponerse y consecuencias efectivas cuando las organizaciones cruzan la línea. La privacidad por diseño no debe ser un eslogan; debe ser una arquitectura de límites.

Hacia una economía de datos responsable

La solución no consiste en rechazar toda innovación basada en datos. Los datos pueden mejorar servicios, detectar fraude, reforzar la seguridad, optimizar procesos y crear experiencias útiles. El verdadero desafío es garantizar que la utilidad no se convierta en una excusa para una vigilancia permanente ni para una concentración desproporcionada de poder.

Una economía digital legítima debe sustentarse en la responsabilidad compartida. Las organizaciones deben demostrar que la recopilación de datos es necesaria, que su uso es justo, que los modelos son auditables y que las personas conservan una capacidad real de decisión.

Pero los ciudadanos también tienen un papel esencial: cuestionar qué información entregan, comprender el valor de sus datos, exigir explicaciones claras y analizar críticamente los servicios, ofertas y recomendaciones que reciben a cambio. El control no comienza únicamente con la regulación; también comienza con decisiones informadas.

Las empresas que quieran generar confianza deberán abandonar la lógica de “recoger primero y justificar después”. Antes de desplegar una tecnología, deberían preguntarse si el dato es realmente necesario, si la persona comprendería su utilización, si el riesgo es proporcional, si existe una alternativa menos intrusiva y si el sistema podría perjudicar de forma invisible a quienes pretende servir.

Al mismo tiempo, los gobiernos tienen la responsabilidad de corregir la creciente desigualdad de poder entre organizaciones y ciudadanos. Esto exige marcos legales eficaces, autoridades independientes con recursos suficientes y tribunales capaces de ofrecer remedios accesibles y efectivos cuando se vulneran derechos.

Una economía de datos responsable no solo depende de la innovación tecnológica, sino también de instituciones que permitan a las personas defenderse, cuestionar decisiones automatizadas y exigir rendición de cuentas. Sin ese equilibrio, la libertad de elección corre el riesgo de convertirse en una ilusión.

La economía de la vigilancia revela una tensión fundamental de nuestro tiempo: cuanto más digital se vuelve la vida, más fácil resulta convertirla en un producto.

El problema no es que las empresas conozcan mejor a sus clientes o trabajadores; el problema es que ese conocimiento se acumule de forma opaca, se use para influir en decisiones íntimas y se traduzca en poder sin responsabilidad equivalente.

En última instancia, la pregunta no es si la economía digital puede funcionar con datos. La pregunta es si aceptaremos que todo comportamiento humano sea observado, calculado y monetizado.

Una sociedad libre necesita mercados innovadores, pero también límites. Sin esos límites, la comodidad se convierte en dependencia, la personalización en manipulación y la privacidad en un privilegio que solo algunos pueden permitirse proteger.

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