La desgracia de no tener padrino
En el lenguaje dominicano existe una vieja creencia que dice que en toda familia debe haber un abogado, un médico y un policía.
La idea es que esos profesionales estén disponibles cuando surja alguna situación relacionada con sus áreas.
Crecí escuchando esa expresión, quizás sin comprenderla del todo. Hoy la entiendo mejor y me doy cuenta de que no basta con tener esos tres profesionales.
En la práctica, parece necesario contar con una larga lista de contactos para acceder a garantías que deberían estar al alcance de cualquier ciudadano, protegido por la Constitución y las leyes sin importar su color, clase social, religión o partido político.
Lamentablemente, vivimos en una sociedad donde muchas veces las personas valen por lo que tienen, por el apellido o por las relaciones que mantienen con quienes ostentan poder político, militar, judicial o, incluso, delincuencial. Con esto no pretendo victimizar a los jodidos hijos de Machepa, pero qué difícil la tenemos.
Qué larga y desgastante resulta la batalla diaria. Es inhumano que los gobernantes dominicanos no hayan resuelto problemas básicos y que, además, haya que suplicar para conseguir cosas tan elementales como el arreglo de una calle, recibir agua aunque sea una vez a la semana, reducir los apagones o encontrar un cupo en una escuela.
El poder suele tratar a los de abajo como seres insignificantes. Sin embargo, llegará el momento en que eso cambie, porque la gente terminará cansándose de los políticos tradicionales y lo expresará con la única arma que posee en democracia: el voto.
Desde que ingresé a este medio como periodista, hace 15 años, he denunciado los males que afectan a mi sector, San Felipe de Villa Mella, una comunidad marcada por la pobreza y carente de todos los servicios que deberían garantizar los gobiernos.
Durante ese tiempo debieron ocurrir dos cosas: que esos reclamos fueran atendidos y que yo me cansara de insistir en los mismos problemas. Pero ninguna de las dos ha sucedido, y aquí sigo con la misma cantaleta hasta que el presidente Luis Abinader, o el que le sustituya se conduelan de nosotros, como no lo han hecho los anteriores.
Una década y media después, confieso que cargo una profunda frustración por el desprecio de las autoridades hacia mi gente.
Por las innumerables promesas incumplidas del Ministerio de Obras Públicas, de la Alcaldía de Santo Domingo Norte y de los gobiernos, tanto el actual como los anteriores.
Finalmente, me preocupa que si necesitamos un padrino para que se nos respeten los derechos, entonces el problema no es la pobreza: es la falta de voluntad y una muestra de la poca importancia que se tiene hacia las personas y sus necesidades.