La desesperanza que asoma la cabeza
Solo hay que mirar alrededor para descubrir la gran cantidad de personas problematizadas por asuntos de salud, sicológicos y económicos, o simplemente pérdida de la ilusión.
Las reacciones violentas ante situaciones que lucen cotidianas son también indicadores de que hay un fenómeno que se está expandiendo, transformándonos en un conglomerado fácilmente irritable o depresivo.
Poco a poco va quedando en el pasado nuestra ganada fama de pueblo afable, alegre, trabajador y feliz.
La desesperanza, cuando se convierte en fenómeno social, pasa a ser un peligro, incluso para la convivencia.
Empezamos a verla en la cotidianidad.
Hay muchos motivos para sentirse agobiados, pero también hay más para ver con entusiasmo el futuro.
El país de hoy ha cambiado mucho y para bien.
Acciones dolosas que antes se veían como normales, hoy son condenadas. Empieza a construirse un muro social contra esos males, lo que a su vez facilitará el fortalecimiento institucional y el desarrollo integral deseado.
La conciencia ciudadana que vemos en aumento y la respuesta de una parte importante de nuestra clase gobernante nos permiten afirmar que hay abono para que la esperanza germine de manera copiosa.
