La cara ubicua del poder

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José Mármol

El problema actual del poder no es la desnaturalización de su ejercicio en la consecución de un propósito, sino su asimilación a la depravación, el sojuzgamiento vertical y el escarnio, le contesté al crítico Jochy Herrera cuando me cuestionó acerca de la ubicuidad del poder actual. Ya no tiene que ser absoluto el poder para ser absolutamente corrupto.

En la posmodernidad, el poder democrático es también corrupto. De manera que la distrofia moral no es solo de los poderes fácticos absolutistas, sino también de los Estados democráticos. La causa está en la crisis del sistema de partidos, un garante de la democracia que se ha vuelto industria de generación exagerada de riqueza individual por medio de mecanismos execrables.

En la sociedad disciplinaria que analizó Michel Foucault el poder, en forma de vigilancia u ortopedia social, se ejercía sobre el cuerpo del individuo. Superficie de inscripción de las relaciones de poder y saber llamó el filósofo francés a la máquina corporal.

Se basó en el panóptico benthamiano. Hoy día el poder no es arquitectónico en términos de espacio físico, no depende de la mirada humana, no se ejerce de manera vertical como relación dominante-dominado o vigilante-vigilado.

El poder es virtual. Descansa sobre el panóptico digital. Millones de cámaras nos vigilan en la sociedad globalizada y consumista, sin que nosotros podamos detenernos a mirarlas, sin detectarlas siquiera. No obstante, la horizontalidad que provee el poder digital permite que también vigilemos a los vigilantes.

El empoderamiento otorgado a los individuos y a los grupos sociales por la sociedad en red, como la llama Castells, se ha transformado en mecanismo de vigilancia y control del accionar de los políticos y del mismo Estado.

Lo que ocurre, en realidad, es que este esfuerzo se desvanece en la impunidad y la falta de institucionalidad (que normaliza lo deplorable); en la ausencia de consecuencias frente al latrocinio institucionalizado.

Estamos ante un escenario de visión pospanóptica del ejercicio del poder. Las redes sociales son ahora poder y contrapoder.

De ahí que el medio digital haya facultado la perspectiva sociológica y política del panopticismo social de Wacquant, el sinóptico de Mathiesen, que permite que muchos vigilen a pocos de forma virtual y finalmente, el panóptico de Bigo, que facilita el control digital, más sobre la huella digital que sobre la dactilar, de sujetos y grupos marginales.

Esta perspectiva contribuye a la vigencia del fin del poder, en su acepción clásica, decretado por Moisés Naím. Ve en el poder de hoy día una fuerza de cohesión o de fragmentación, de persuasión o de instigación. La eficacia en el ejercicio del poder la da su carácter blando.

El hecho de que, en vez de ser impuesto, más bien permea a través de la cultura, los bienes de consumo, los sistemas político y de creencias.

El poder convencional ahora es molestado por múltiples micropoderes, que actúan de forma dispersa y simultánea o ubicua, minando, en ocasiones, las bases arrogantes del poder fáctico.

En esto consiste la degradación y fragmentación del poder. La visión clásica (Marx y Engels) de las contradicciones sociales se reducía a la oposición entre explotadores y explotados.

Hoy día prevalece, como lo ha mostrado Byung-Chul Han, la autoexplotación digital de la sociedad de rendimiento, de la sociedad neuronal y el enjambre digital. Y como analizó claramente Zygmunt Bauman, a la sociedad de la explotación le ha seguido la sociedad de la exclusión.

En consecuencia, la cara más ubicua del poder en nuestra sociedad viene dada en la porosidad y fragilidad ética de las instituciones jurídico-políticas y en el déficit ontológico que oblitera, tacha la autogestión con convicción moral inexpugnable.

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