La cadena perpetua
Se ha dicho y se repite que Santo Domingo es una de las ciudades más seguras de la región, pero los hechos contradicen esa afirmación.
Los actos delictivos son cada vez más frecuentes y más espeluznantes, no solo en la Capital del país, sino también en las provincias, en franco desafío a las autoridades que confrontan, además, la triste situación de ver sus propias filas minadas por no pocos delincuentes infiltrados en ellas.
El terreno está fértil para que prospere en la sociedad la convicción de que se hace necesario endurecer las sanciones contra los delincuentes y modificar las disposiciones que se consideran blandas en el Código Procesal Penal, como un medio para desalentar en alguna medida a los cultores del crimen.
Los hechos nos empujan día a día para meternos en las filas de los que así piensan. Y para los casos más graves, que luego podrían ser identificados, quisiéramos que se piense en la figura de la cadena perpetua, para no llegar por ahora a la pena de muerte.
Suena duro, pero peor es todavía la forma como le estamos dejando el campo libre al crimen en todas sus manifestaciones.