La amenaza sísmica

editorial

Tres terremotos en menos de dos meses en países del entorno han generado preocupación entre muchos dominicanos, que se preguntan si la región del Caribe habrá entrado en una etapa de acomodo de placas de la corteza terrestre en esta parte.

Hasta el momento no es sabido que los terremotos puedan ser previstos, como ocurre con los huracanes, para poner un caso.

Sirve de poco, como consecuencia, vivir en un agónico estado de nervios por lo que pueda ocurrir en la parte del mundo en que vivimos.

Según criterios técnicos, el único vínculo entre el doblete sísmico de 7.2 y 7.5 grados en la escala Richter del 24 de junio pasado, que ha dejado hasta el momento más de 6 mil 300 muertes en Venezuela, y el terremoto de 7.4 ocurrido el lunes pasado en Colombia, es el haber ocurrido en países vecinos y su fuerte impacto en edificaciones.

Las fallas en las que se originaron estos tres potentes terremotos tienen, por lo visto, poco que ver entre sí y su relación es todavía más remota con las que pudieran hacer sentir sus efectos en la isla de Santo Domingo.
Estos hechos contienen, sin embargo, una lección importante que no debe ser pasada por alto: las construcciones sólidas en las que vive una parte importante de la población pueden ser un elemento de riesgo en ausencia de controles estrictos de calidad.

Las grandes edificaciones deben ser levantadas tomando en cuenta el riesgo sísmico extremo evidente en el vecindario geográfico.

Y lo mismo cuenta para las que corren por cuenta de cada cual en los emplazamientos humanos populosos, hechas con economía de materiales y la única prevención de que puedan resistir los embates de un huracán.
La eventualidad de un terremoto está siempre presente. Más que vivir preocupado, hay que ocuparse: desde el Estado, en lo individual y en las empresas.

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El Día

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