Los hechos recientes de violencia vuelven a poner el foco en la juventud dominicana y sus problemas.
Siempre se ha oído decir que los jóvenes son el futuro. Pero ese futuro se está perdiendo en manos de la violencia, la delincuencia y todo tipo de vulnerabilidades.
Lamentablemente, ser joven parece constituir de por sí un riesgo. Un riesgo frente a los feminicidios, los suicidios, las drogas, el crimen y hasta la muerte temprana por accidente de tránsito o por violencia en todas sus manifestaciones.
Los riesgos juveniles se amplifican por la anomia o falta de valores y los malos ejemplos que laceran a la sociedad. Ya lo planteaba Emilio Durkheim, cuando se debilitan las normas sociales que regulan el comportamiento humano se pierde la capacidad de autoregulación, los límites, y se limita el discernimiento entre el bien y el mal.
También, detrás del riesgo de los jóvenes está sobre todo la falta de oportunidades. La CEPAL nos recuerda que 22 % de los jóvenes de la región no trabaja, ni estudia.
El desempleo juvenil es un problema grave para una sociedad. Los jóvenes que no están trabajando ni estudiando son presas fáciles para caer en el tráfico de drogas y la criminalidad.
Las soluciones frente al problema juvenil hay que tomárselas en serio. No se resuelve sólo con mano dura contra la delincuencia que nos arropa.
Hay que reinventar el mundo para los jóvenes. Parece ser que la desesperanza les está robando el alma y la vida. Hay que devolver a la juventud los sueños, la rebeldía por las causas justas, el compromiso social y la posibilidad de construir un futuro moral y luchar por él.
Rubén Darío exaltaba a la juventud como el divino tesoro. Más que poesía esto es una verdad. Todos fuimos jóvenes y queremos ser jóvenes.
La juventud se pierde con los años. Lo penoso es que la juventud se pierda por la violencia y la desilusión de no encontrar un empleo o un espacio en la sociedad. Por eso, mantener viva la esperanza de los jóvenes es un compromiso impostergable.