Isla en su tinta (y II)

Las fantasías y componendas de una casta depredadora, que soñaba con irse a vivir a Francia, creaban una sociedad profundamente fraccionada, en la que la violencia era parte integral de la vida cotidiana.

Cualquier disidencia o protesta era, en el mejor de los casos, estigmatizada, y en los restantes castigada con prisión, tortura, deportación y muerte según lo determinaran los magistrados de la “Corte Federal” nombrados por un rey lejano.

En 1789, año de la toma de la Bastilla, Saint–Domingue era la colonia más próspera que había existido en la historia del mundo. Constituía un verdadero “territorio–vitrina” al que hombres de toda Europa querían emigrar. Era el lugar ideal para el enriquecimiento rápido, el paraíso terrenal del capital y sus intermediarios. Nadie hubiera podido imaginar en 1789 que en 1804 Saint–Domingue adoptaría su nombre taíno y se convertiría en Haití, luego de la única rebelión de esclavos triunfante en la historia de la humanidad.

Recordemos ahora al Puerto Rico del Estado Libre Asociado, esa otra economía de plantación, lo que en este caso compuesta por industrias exentas del pago de impuestos. Fueron los tiempos el “territorio–vitrina”, cuando Muñoz Marín y otros gobernadores se ufanaban de que el país disfrutaba del mayor ingreso per cápita de América Latina.

Generaciones de nuestros “colonos” y criollos amasaron enormes fortunas y los políticos y los miembros de sus partidos se repartieron cuantiosos beneficios. Como en Saint–Domingue no había día de mañana y no se pensaba en las consecuencias. Todo podía entregarse: las tierras, las aguas, el aire, en nombre del progreso. La colonia no se sentía apenas, porque todavía se tenían las minas de los préstamos.

Saint–Domingue 1789, Puerto Rico 1989. Dos imágenes hermanadas, dos sociedades que el colonialismo masticó hasta roer sus huesos, pero que permanecieron anestesiadas al borde del abismo.

La economía de Saint–Domingue era tan fantasiosa en el siglo XVIII como la del ELA que nos ha tocado vivir. Una sociedad de ilusiones: de ser o no ser, de estar o no estar.

En ellas se podía llegar a pensar que el régimen colonial no solamente era bueno, sino que era excelente: lo mejor de todos los mundos.

Las águilas imperiales de Francia y Estados Unidos han sido sustituidas por los buitres. Esa es la lección que los haitianos aprendieron primero que nadie en América en los albores del siglo XIX. No hemos tenido hasta ahora su lucidez ni su fortaleza.

Haití y Puerto Rico son del mismo buitre los huesos. Hace dos siglos, cientos de millares de haitianos tomaron la historia en sus manos e inauguraron en el planeta la lucha anticolonialista. Lo afirmo con orgullo y esperanza: todos somos sus herederos.

*Por Eduardo Lalo

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