Irán no se rinde: las claves de una guerra que puede derrotar a Occidente

Julio César Disla
Julio Disla

Por Julio César Disla

Las guerras imperiales rara vez se anuncian como tales. Se presentan como “operaciones quirúrgicas”, como “acciones defensivas” o como “medidas necesarias para preservar la seguridad”. Sin embargo, detrás de ese lenguaje diplomático se oculta casi siempre la misma realidad: la voluntad de dominación geopolítica.

La entrevista concedida por el escritor y experto en asuntos de Oriente Medio Carlos Paz pone al descubierto algunos de los elementos fundamentales del actual conflicto entre Estados Unidos, Israel y la República Islámica de Irán.

Uno de los puntos centrales señalados por Paz es que el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán fue concebido como una guerra corta. La lógica estratégica de Washington y Tel Aviv se apoyaba en una premisa que ya ha guiado otras aventuras militares occidentales: la superioridad tecnológica, aérea y militar sería suficiente para doblegar rápidamente al adversario. Pero esa premisa se estrella contra una realidad histórica y geopolítica mucho más compleja.

Irán no es un pequeño Estado vulnerable ni una nación desorganizada que pueda ser destruida “de la noche a la mañana”. Se trata de un país con más de ochenta millones de habitantes, con una estructura estatal sólida, con una larga tradición histórica y con un aparato militar que, aunque no sea equivalente al de Estados Unidos, posee una capacidad de resistencia considerable.

La historia reciente demuestra que las potencias occidentales suelen subestimar a los pueblos que pretenden someter. Lo hicieron en Vietnam, lo hicieron en Afganistán y lo hicieron en Irak. La guerra contra Irán podría repetir ese mismo patrón de arrogancia estratégica.

Otro aspecto que destaca la entrevista es el papel determinante de Israel en la política interior de Estados Unidos. Durante décadas, el lobby proisraelí ha ejercido una influencia profunda en la vida política estadounidense, tanto en el Partido Demócrata como en el Partido Republicano. El apoyo incondicional a Israel se ha convertido prácticamente en un dogma dentro del sistema político de Washington.

Pero ese consenso comienza a mostrar grietas. Según explica Carlos Paz, incluso dentro del propio Partido Republicano existen sectores que no apoyan la agresión contra Irán.

Esta oposición no surge necesariamente por razones morales, sino por una lectura estratégica: algunos sectores conservadores consideran que involucrarse en otra guerra prolongada en Oriente Medio podría debilitar aún más la posición global de Estados Unidos.

El desgaste militar, económico y político de las guerras interminables ya ha sido evidente en las últimas décadas. Afganistán terminó en una retirada humillante después de veinte años de ocupación.

Irak quedó devastado, pero también demostró que la intervención militar no garantiza estabilidad ni control duradero. Muchos estrategas estadounidenses temen que una guerra abierta con Irán pueda convertirse en un conflicto regional de gran escala, con consecuencias imprevisibles.

El análisis de Paz también pone sobre la mesa un elemento que rara vez se discute en los medios occidentales: la posibilidad de que esta guerra termine siendo una derrota estratégica para Occidente.

En el mundo actual, el equilibrio de poder ha cambiado profundamente. Ya no vivimos en la década de 1990, cuando Estados Unidos parecía ejercer un dominio absoluto tras la caída de la Unión Soviética.

Hoy existe un escenario internacional multipolar. Potencias como China y Rusia han incrementado su peso político, militar y económico.

Además, muchas naciones del llamado Sur Global observan con creciente desconfianza las intervenciones militares occidentales. Un conflicto prolongado contra Irán podría acelerar ese proceso de desgaste del poder occidental.

Irán, por su parte, no está aislado. Mantiene vínculos estratégicos con varios actores regionales y globales. Un ataque frontal podría desencadenar una reacción en cadena en todo Oriente Medio, una región que ya se encuentra atravesada por múltiples tensiones geopolíticas.

Por eso, lo que Washington y Tel Aviv imaginaron como una operación rápida podría transformarse en un conflicto largo y costoso, tanto militar como políticamente. Las guerras modernas no se deciden únicamente en el campo de batalla; también se libran en el terreno económico, diplomático y comunicacional.

El intento de imponer por la fuerza la hegemonía occidental puede terminar provocando exactamente el efecto contrario: acelerar la transición hacia un mundo donde Estados Unidos ya no tenga la capacidad de dictar unilateralmente el destino de otras naciones.

La entrevista de Carlos Paz invita, en ese sentido, a reflexionar sobre una realidad incómoda para las élites occidentales: el poder imperial no es eterno.

Las potencias que hoy se presentan como invencibles pueden encontrarse mañana atrapadas en conflictos que ellas mismas provocaron.

Irán no es solamente un país bajo ataque. Es también un símbolo de resistencia frente a un orden internacional que durante décadas ha intentado imponer la voluntad de unos pocos sobre el resto del mundo.

Si la historia enseña algo, es que los pueblos que se niegan a someterse terminan alterando el curso de los acontecimientos. Y en ese escenario, la guerra que algunos pensaron como un golpe rápido podría convertirse en un punto de inflexión en la decadencia del poder occidental.