Invito al cambio

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Algunos de mis conciudadanos acudirán a las urnas –como lo hacen cada cuatro años- movidos por la ilusión de un cambio hacia una sociedad digna.

Otros lo harán para asegurarse un empleo público, una botella o alguna canonjía contractual, para lo cual ya tienen listas sus empresas de carpeta.

Un segmento votará contra las mejillas rosadas y las barrigas prominentes de gente que ahora va perfumada, pero que antes fue reseca, sudorosa, de piel deshidratada y despeinada.

Digamos la verdad. Ese cuadro irrita en un país que pierde al galope su poder de compra y sufre la ampliación de la desigualdad.

Frustrados por la falta de opción, habrá quienes se quedarán en casa dispuestos a que entre el mar.

Hay una realidad común para triunfadores, perdedores e indecisos: la fiesta durará poco. Nada debería evitar una reforma fiscal inmediata. El ciclo económico así lo demanda.

Si resulta que el elegido es inepto –y se rodea de un equipo económico populachero y mediocre- se pasará cuatro años en el muro de Jeremías lamentando la herencia que recibió.

Y podría diseñar un parche fiscal, dizque para no afectar a los más pobres ni alborotar los bolsillos que le dieron el maná para llegar al poder. Los resultados serán más deuda, menos recaudaciones e inversión pública, deterioro de los servicios y pobreza.

En síntesis, no habrá cambio alguno que no sea para empeorar. Y hasta ahí llegarán la fiesta triunfalista, el carisma y las promesas esperanzadoras.

Un nuevo gobernante sagaz y prudente –rodeado de colaboradores técnicos, capaces, comprometidos y no sedientos de la pitanza que provee la corrupción- debería hacer una reforma estructural y equitativa.

Hablo de una cirugía muy dolorosa, con un costo político altísimo, que irritará, concitará protestas, imprecaciones y anatemas contra el Gobierno. Pero al final –en el mediano plazo- el tejido social se verá saludable. Dios nos dé discernimiento para determinar en dónde puede estar el cambio y entender que no habrá cena gratis.

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El Día

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