Inconformidad empresarial
Llego a seis décadas de feliz y fructífera existencia observando un panorama socio-económico que quiere perturbarse cada vez más.
Sobre todo en estos momentos en que sobresalen las manifestaciones de inconformidad de parte de empresarios, grandes y pequeños, nacionales y extranjeros.
Gran parte de los malestares que se presentan tienen que ver con el vilipendiado paquete impositivo, que ha sido objeto de toda clase de modificaciones, surgidas aparentemente de la improvisación y los intereses.
Está presente la cada vez más empobrecida situación energética, caracterizada por el deficiente y costoso servicio eléctrico, y los encarecidos combustibles frente a un creciente consumo que no cede, con sus efectos negativos sobre el transporte, y por ende, sobre todos los costos de bienes y servicios, contribuyendo ello a una mayor inflación.
Y en medio de este torbellino se nos pide que seamos competitivos, aún con la aparente sobrevaluación del peso.
Encima de todo, está un endurecido panorama económico global, donde el gendarme por excelencia, el Fondo Monetario Internacional, sigue sin cabeza tras la escandalosa inconducta de su antiguo director general Dominique Strauss-Khan, que de alentar políticas crediticias expansivas se vira frente al posible colapso del euro, y ahora retorna a la ortodoxia del estrangulamiento económico como receta de salvación.
El empresariado, con todo su poder de convocatoria, medios, recursos e influencias bien debe propiciar, seguramente respaldado con entusiasmo por el actual mandatario, la celebración de un pacto entre los principales contendores por la Presidencia el año que viene, que delinee con rasgos claros y específicos un programa mínimo de reformas estructurales del Estado que vuelva a propiciar el crecimiento y las posibilidades de dispersión de riqueza.
Los empresarios que retomen su liderazgo y sean proactivos frente a las circunstancias, y no sólo sean actores pasivos. Lleven sus convicciones al compromiso, y que el torneo electoral sea entonces entre quienes pudieran ser los mejores administradores de la cosa pública. Por nuestro bien, de nuestras familias y, en consecuencia, por el país.