Viernes, 22 de febrero, 2019 | 7:06 pm

Inaceptables costos para tratar el cáncer



El reconocido periodista, amigo, y extraordinario comunicador de la Zeta 101, Domingo Páez, acaba de narrar en la Receta Médica de la Zeta, con un valor digno de elogiar, una particular situación de salud por la cual ha estado atravesando en los últimos meses, y que le ha llevado a consulta médica internacional, donde los médicos le han dicho, sin ningún rubor, que requiere varias sesiones de tratamiento químico, cuyo costo ha de estar entre 25 mil y 35 mil dólares, por sesión, y que si no tiene un seguro médico que pueda cubrir esos altos costos, entonces no tiene opción.

Y la verdad es que al escuchar esta narrativa, en voz del propio Domingo Páez, lo único que nos queda hacer es sentarnos, cerrar los ojos, respirar profundo, y apretar los dientes con la mayor presión posible, para no soltar un término gramaticalmente descompuesto del cual uno tenga luego que arrepentirse, porque cuando un médico de Estados Unidos le responde de esa forma a un paciente de clase media que busca recuperar su salud, queda al desnudo un despiadado e inhumano mercantilismo farmacéutico internacional, del cual tanto se nos ha quejado, amargamente, el reconocido y prestigioso científico dominicano de las neurociencias José Joaquín Puello, quien en varias ocasiones nos ha dicho, personalmente, que hay medicamentos contra el cáncer que abusivamente cuestan hasta 90 mil dólares.

Y la verdad es que usted no tiene ninguna necesidad de preguntar cuántos pacientes en el mundo pueden pagar sumas de esos niveles para recuperar su salud, porque todo el mundo sabe que ninguna persona de clase media, ni mucho menos de clase pobre, puede pagar ni siquiera el 1% de esas abusivas cifras, siendo evidente que esas altísimas cifras sólo buscan explotar económicamente cualquier catastrófico diagnóstico de cáncer, en el entendido de que un ciudadano que sea extremadamente rico, y que ha sido diagnosticado con un indeseado cáncer, ha de gastar todo lo que tiene, y hasta un poquito más, para recuperar la salud perdida, porque nadie quiere morir de cáncer.

Ahora bien, lo que usted y yo sí podríamos preguntar es cuántos billones de dólares gastan anualmente muchos países ricos en armamentos bélicos y en exploración espacial que nada positivo aportan a la clase media ni a la clase pobre mundial, porque las guerras sólo aportan muertes, destrucción, sufrimiento y dolor para quienes de repente se ven envueltos en guerras que no han querido, y que no han pedido; mientras la exploración espacial sólo busca satisfacer nuestro ego científico que no se cansa de demostrar que somos capaces de ir más allá de los confines de nuestra atmósfera para explorar planetas, cometas y asteroides que no tienen nada que no tengamos en nuestro planeta Tierra, y hasta caemos en el absurdo de gastar billones de dólares tratando de demostrar que en Marte podríamos tener agua subsuperficial, cuando en la Tierra lo que más sobra es el agua de cada extenso y profundo mar.

¿Cuándo escucharemos a líderes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) exigir ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) levantar su voz para exigir frenar el prostituido mercantilismo brutal que se practica a nivel mundial con los precios de medicamentos destinados al tratamiento de enfermedades catastróficas como el cáncer?

¿Cuándo escucharemos a ejecutivos del Banco Interamericano para el Desarrollo (BID) decir que la mejor manera de impulsar el desarrollo de las naciones en vías de desarrollo es garantizando que toda la gente pobre tenga fácil acceso a todos los medicamentos de última generación, indistintamente del país y de la región?

¿Qué le impide a las naciones ricas tomar los presupuestos que destinan para armas y exploraciones espaciales y derivarlos hacia exploraciones clínicas para encontrar soluciones de bajo costo para el tratamiento efectivo de enfermedades como el cáncer, para que esas soluciones estén al alcance de los presupuestos de la gente más pobre?

¿Qué le impide a las naciones ricas utilizar los billones de dólares que anualmente gastan en innecesarias guerras, y en poco útiles exploraciones espaciales, para comprar los derechos y patentes que tienen las farmacéuticas sobre medicamentos que hoy demuestran ser parcialmente efectivos contra enfermedades catastróficas, a los fines de que esos derechos sean popularizados y globalizados, y esos medicamentos puedan ser producidos y comercializados de forma masiva a precios similares a los de la penicilina y sus derivados?, porque antes de que Alexander Fleming descubriera la penicilina como forma sencilla de eliminar procesos infecciosos, tener cualquier simple infección era como estar condenado a muerte en un paredón, indistintamente del estatus político, social, o económico, y gracias a Fleming, y a su investigación certera, hoy las infecciones son tratadas hasta de forma casera, porque en muchos lugares hasta los colmados venden efectivas ampicilinas de muy bajo costo, y ese es nuestro gran desafío científico frente al cáncer, y el gran desafío para los políticos de las grandes naciones, porque los precios de los tratamientos contra el cáncer no pueden, ni deben, seguir siendo un comercio inhumano, que sólo se empeña en enriquecer exageradamente a farmacéuticas que se aprovechan del sufrimiento y del dolor que produce el cáncer en el ser humano.

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