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Imagina tu funeral

Por: MaryAnne Fernández

Ahí están todos los que tanto te importaban.
Algunos lloran. Otros revisan el celular. Otros piensan en la cena.
Diez años después, apenas te recuerdan.
Veinte años: solo un nombre ocasional, si tuviste suerte.
Cincuenta años: todos ellos también están muertos.
Cien años: polvo completo.
Nadie recuerda tus errores vergonzosos.
Nadie recuerda si vestías de marca o tu título universitario.
El olvido es el destino común de todos.
Entonces, ¿importa la opinión de tu vecino sobre tu coche?
¿Importa que un extraño en internet discrepa contigo?
La muerte nivela todo.
Vuelve tus ansiedades sociales exactamente lo que son: ridículas.
Angustiarte por opiniones que se desvanecerán inexorablemente es un desperdicio imperdonable.
Vive con la urgencia de quien sabe que el reloj no se detiene.
Con esa perspectiva no hay tiempo para drama, chisme o validación externa.
Solo queda tiempo para la verdad y para la acción.
Memento mori.
Pero quizás, en medio del polvo y el silencio, algo permanece:
el amor que sentiste.
No el que exigiste. No el que actuaste para las cámaras.
El amor real. El que diste sin esperar registro ni aplauso.
Ese amor que no cabe en tu cuerpo ni en el tiempo.
Que no se mide en likes ni se archiva en obituarios.
Ese es el único idioma que Dios habla.
Lo único que trasciende el espacio, la materia, el olvido.
Todo lo demás se desvanece.
El amor queda.

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