Humillación y poder

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Uno de los defectos más groseros de la pequeña burguesía dominicana, cuando alcanza una posición de relevancia, sea en el sector público o privado, es el uso de la humillación como mecanismo de mostrar la importancia alcanzada.

Mediante la ropa, los utensilios, los vehículos y mil formas de establecer antedespachos, largas esperas y millón y medio de procedimientos, los pequeños burgueses que les dan una posición con una mínima cuota de poder humillan como forma de hacer notar que son los que mandan.

Desde un ministro de gobierno y gerente de una empresa, hasta un guardián que cuida una puerta o una secretaria, basta con que le den una cuota de poder y en seguida los mecanismos de humillación sobre quienes necesitan su servicio se multiplican como yerba con la lluvia de primavera.

Es un defecto social, en el caso de nuestro país, fruto de la falta de institucionalización del sistema capitalista y la pervivencia de la cultura trujillista, que es una síntesis terrible de hasta qué grado de perversidad puede llegar con un pequeño burgués acomplejado.

El poder en una sociedad decente es un mecanismo de servicio para el crecimiento y desarrollo de todos los ciudadanos y ciudadanas. Toda posición de autoridad ha de asumir el poder obediencial como norma de conducta, se tiene poder para servir a los otros, no para humillarlos, ni para aprovecharnos de la posición.

Una sociedad basada en la humillación genera seres humanos mediocres, que al tener cuotas de poder, más mediocres se tornan.

Una sociedad basada en el don del servicio promueve hombres y mujeres maduros y felices.

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El Día

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