Héctor Rizek Llabaly

editorial

El lapso de diez años que siguió a la decapitación de la tiranía de Trujillo, hecho ocurrido a mediados del año 1961, fue particularmente tumultuoso en los planos social y político, y a pesar de que muchos de quienes lo examinan se sienten inclinados a centrar su atención en esta características, hacerlo puede dar una idea distorsionada de lo ocurrido a partir de aquellos años en el país.

Aquel magnicidio, en realidad, abrió también las compuertas a muchas iniciativas que de otra manera hubieran permanecido adormecidas bajo la presión impuesta a la sociedad dominicana durante décadas.

La creación de riquezas, una necesidad en la base de toda sociedad que prospera, contó desde entonces, con iniciativas en los planos industrial, comercial, agropecuario, financiero, educativo y cultural, que también deben ser considerados para hacerse una idea completa de la realidad nacional.

Esto a propósito de la partida de don Héctor Rizek Llabaly, uno de los emprendedores notables de aquel período de siembra cuyo legado es notorio hoy entre nosotros.

Sus energías estuvieron inicialmente orientadas al sector agrícola, particularmente a la producción y exportación de cacao, rublo con el que se le identificó en el país y en el extranjero. De este nicho extendió su atención a otros en los que también les ha heredado al país aportes notables.

Integrante destacado y activo, muy activo, de aquella hornada de emprendedores que echó a andar como quien no hace caso del tumulto en algunos sectores de lo nacional, posiblemente necesitado, como ellos, del oxígeno del que había sido privada durante 31 años la vida nacional, Héctor Rizek Llabaly dejó una impronta que se extiende más allá del mundo de los negocios y alcanza los planos de la educación y la asistencia social, áreas a las que también dedicó su atención con ahínco y discreción.